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¿Podría ser la neurociencia la pieza definitiva para conseguir hacer avanzar correctamente la maquinaria educativa? Analizamos los avances en este campo relacionados con la educación

La neurociencia es una disciplina científica que tiene como objeto investigar y comprender mejor nuestro sistema nervioso y, en especial, nuestro cerebro. Es un campo muy amplio que abarca desde la estructura, la bioquímica o la farmacología que necesitamos para curarlo. Entre medias, nos encontramos también con el estudio de cómo los elementos de nuestro sistema nervioso se combinan para haber desarrollado tanto nuestras capacidades de habla o el aprendizaje.   

Una disciplina que estudia cómo aprendemos, olvidamos o recordamos tiene que tener un beneficio directo en nuestro sistema educativo. En la actualidad ya hablamos de “neurociencia educativa” y “neurociencia didáctica”. La primera integra los conocimientos neurocientíficos para saber cómo funciona el cerebro en el ámbito educativo y la segunda se interesa por saber cómo los procesos neurobiológicos funcionan en el aprendizaje y cómo podemos trasladar todo ese conocimiento para aplicarlo a la didáctica en el aula. Es decir, cómo podemos mejorar la interacción de esos procesos para conseguir unos métodos de aprendizaje mejores y, en algunos años, diseñar planes educativos que se acomoden a la configuración de los procesos neurobiológicos de cada alumno.     

Aunque, por ahora, suena a algo que solo hemos visto en las películas de ciencia ficción, lo cierto es que los avances que se están haciendo en estas investigaciones ponen a la neurociencia frente a la responsabilidad ética más importante. Como dice Eduardo Bueno en la edición del Future Trends Forum, organizada por la Fundación Innovación Bankinter, y dedicada a la neurociencia, si bien conocer a la perfección el funcionamiento cerebral de un alumno nos permite, de forma positiva, crear rutas educativas óptimas, lo cierto es que, en la parte negativa, podría crear sesgos.   

Tener un conocimiento mayor de los procesos de aprendizaje nos ayuda a conocer mejor la relación entre las emociones y las ideas. Es decir: podemos no solo saber la tendencia de un alumno a absorber mayor conocimiento en una parcela de pensamiento concreta, también (y esto es más realista en la actualidad) a saber cómo preparar su entorno, estructurar una lección o construir una narrativa para predisponer a los cerebros de los alumnos a funcionar al 100% sobre cualquier materia.  

Gracias a la neurociencia, por ejemplo, podemos desarrollar mejores sistemas educativos con tan solo aplicar algunos de los descubrimientos en ese campo como que el cerebro pasa toda nuestra vida adaptándose a las circunstancias que vivimos, cómo aprendemos o retenemos lo que aprendemos. Es lo que se llama plasticidad cerebral.  

Sabemos que el cerebro es un órgano que funciona mejor cuando aprendemos cooperando con otros porque está hecho para que vivamos en sociedad, que nuestras emociones están localizadas en diversas partes del cerebro y que se pueden deprimir o despertar por culpa de un accidente, por ejemplo, y cómo el dolor o cualquier emoción afecta negativa o positivamente a nuestro aprendizaje.  También que el contacto de los niños más pequeños con la naturaleza les hace más proclives a aprender, por ejemplo, porque en esos años los colores, olores y formas que ofrece cualquier entorno natural predispone la creación de unas mejores conexiones neuronales.  

Todos estos elementos ayudan mucho al alumno, y a la comprensión del mismo, pero también serán una herramienta imprescindible para los profesores. De hecho, ya existen voces favorables dentro de la comunidad educativa que abogan por la aplicación directa de la neurociencia en el diseño de los futuros planes de estudios de todos los grados.  

Los avances que puede ofrecer la neurociencia podrían ayudarnos a disponer un aula para convertirla en un lugar ideal para la enseñanza, podrá ayudarnos a diseñar dinámicas de interacción del alumno con sus compañeros y el entorno educativo y social, a la creación de grupos de trabajo óptimos que combinen a los mejores alumnos posibles para cooperar entre ellos, e incorporar de manera mucho más efectiva disciplinas artísticas que sirvan como estimulantes para la clase o la gamificación.  

¿Pero podemos basar todo el aprendizaje en un flujo constante de emociones y estímulos? Hay voces discordantes como la de la neurocientífica Anna Carballo, de la Universidad Autónoma de Barcelona, que advierte que su disciplina no acabará con todos los problemas de la educación porque todavía tiene un largo camino por recorrer.   

La solución, en la actualidad, de este apasionante debate que, se produce paralelamente al de los avances en el campo de la neurociencia y de la pedagogía, parece lejana, pero resulta casi tan emocionante como adentrarnos en un terreno casi inexplorado para la ciencia, como el de conocer cómo funciona nuestro cerebro con la misma certeza con la que hemos conseguido ganarle la batalla, casi por completo, a las dolencias cardiacas, pulmonares o renales.  

Si algo nos ha enseñado el COVID-19, y mucho más ahora que seguimos los avances en el descubrimiento de la vacuna y el tratamiento óptimo para combatir a este virus, es que dependemos mucho más de la ciencia de lo que pensamos, que es un campo en el que hemos avanzado mucho, pero, quizás, no tanto como creíamos. Es posible que sean los futuros planes educativos diseñados gracias a la neurociencia los que nos permitan dar un paso de gigante en el camino por comprender mejor nuestro planeta.  

 

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