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¿Merecerá la pena ser inmortal? ¿Cómo será la vida entonces? ¿Seremos más felices, nos sentiremos realizados?

Si el siglo XX fue el de la erradicación de las grandes enfermedades infecciosas y el del aumento de la esperanza de vida, que en el caso de España se duplicó, el XXI podría marcar el camino hacia la vida eterna. Suena pretencioso, pero así lo creen numerosos expertos, que esgrimen los continuos avances en medicina regenerativa, ingeniería genética o nanotecnología para dibujar un futuro en el que el ser humano podría vivir más de un siglo. 

Hay quien considera que la vejez en sí misma debe considerarse como una enfermedad. El gerontólogo Aubrey de Grey, participante en el Future Trends Forum dedicado a longevidad celebrado en 2017, o el inventor y tecnólogo Ray Kurzweil se atreven a vaticinar que para 2050 quienes tengan un cuerpo sano (y una cuenta corriente todavía más saludable) podrán rejuvenecer sus tejidos y órganos para sumar décadas a su edad sorteando arrugas y achaques.

“La gente no vivirá eternamente, siempre podemos morir en un accidente de coche, pero creemos que podemos llegar al punto en que los seres humanos dejen de ser susceptibles de enfermar o morir solo porque nacieron hace mucho tiempo”, explica De Grey en este vídeo. Las grandes empresas creen en esta visión: Calico, la filial de Alphabet (matriz de Google) que dirige Kurzweil, tiene como objetivo “entender la biología que controla la esperanza de vida”.

En caso de que estos augurios se hagan realidad, la vida no se convertiría automáticamente en un camino de rosas. Antes habría que sortear una serie de problemas asociados al aumento de la longevidad. Estos son algunos de ellos:

  1. Económicos. Vivir más desequilibraría el orden social. Si queremos que todo siga funcionando, hará falta que las personas coticen durante más tiempo y retrasar la edad de jubilación. Una vida laboral más dilatada exigiría más formación (y más continua) para preservar la empleabilidad de las personas en un contexto en el que la automatización del empleo lo está cambiando todo. La sanidad será cada vez más efectiva, pero también más costosa. Las compañías de seguros, los fondos de pensiones o los propios Gobiernos tienen motivos para temer el aumento de la longevidad.
  2. Sociales. La vejez es un constructo social. La manera en que nos relacionamos con los ancianos, incluso lo que entendemos por este término, varía entre culturas y ha cambiado a lo largo del tiempo. La dilatación de la vida media de las personas nos obligará a redefinir el concepto. El rol de los mayores en la sociedad variará.
  3. Filosóficos. ¿Se casaría con su pareja, hasta que la muerte les separe, si va a vivir 120 años junto a ella? ¿Cómo evolucionarían las ya de por sí complejas relaciones familiares si en vez de 80 años viviésemos el doble o el triple? En caso de que se consiga algo parecido a la vida eterna (por ejemplo, a través del rejuvenecimiento celular que propone De Grey), ¿nos atreveremos a salir a la calle sabiendo que un simple atropello podría acabar con una existencia destinada a durar milenios? ¿Correremos ese riesgo?

El historiador Yuval Noah Harari sostiene en Homo Deus (la continuación de su superventas Sapiens) que, “al buscar la dicha y la inmortalidad, los humanos tratan en realidad de ascender a dioses”. Según el intelectual israelí, para superar el dolor, controlar el envejecimiento y burlar la muerte (esa es la meta lógica, dice, del progreso científico), las personas deberán adquirir un “control divino de su sustrato biológico”. Entonces dejaremos de ser homo sapiens.

Imaginen que la humanidad alcanza ese punto. ¿Merecerá la pena ser inmortal? ¿Cómo será la vida entonces? ¿Seremos más felices, nos sentiremos realizados? ¿Desarrollaremos nuevos sentidos? Harari argumenta que no lo podemos saber: sería como pedirle a un neandertal que valorara las virtudes de internet. La única certeza, asegura, es que el camino hacia esos escenarios totalmente imprevisibles ya se ha iniciado.

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