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El avance de las TIC ha supuesto la multiplicación de la diversidad y el abaratamiento de las formas de conectar dentro y fuera de la oficina.

La transformación del empleo en los últimos 20 años ha sido asombrosa y refleja con claridad hasta qué punto los avances en las tecnologías de la información y la comunicación pueden animar profundos cambios sociales cuando se combinan con otras tendencias.

Parece mentira que a principios del SXXI, después de todo el estallido de la fiebre puntocom en los noventa y la locura del Nasdaq, menos de la mitad de los trabajadores estadounidenses a jornada completa contase con acceso a internet en la oficina. En 2011, esa cifra había despegado hasta algo más del 75% y, en estos momentos, son muy pocos los negocios y administraciones que no ofrecen una triste red wifi o una dirección de correo profesional a sus empleados. Antes, se necesitaba un ordenador para acceder al buzón corporativo desde casa; hoy cualquiera puede consultarlo directa o indirectamente desde su teléfono móvil.

El avance de las TIC ha supuesto la multiplicación de la diversidad y el abaratamiento de las formas de conectar dentro y fuera de la oficina. Esta nueva conectividad ha incrementado el teletrabajo en un doble sentido: son más los profesionales freelance que apenas pasan por las oficinas y son más también los miembros de la plantilla que siguen trabajando fuera de ellas después de su jornada.

Todo esto no habría sucedido si no hubiera coincidido con otras tendencias sociales, económicas y regulatorias. Se han aprobado liberalizaciones laborales motivadas por una economía que exige cada vez más flexibilidad e innovación (la crisis sólo ha espoleado y agravado las reformas), se ha disparado la competencia internacional gracias a la globalización y se han implantado nuevas técnicas que miden la productividad de la plantilla y nos fuerzan a rendir más.

Otros dos motores que han multiplicado la potencia transformadora de las nuevas tecnologías en el mundo laboral son la creación de millones de empleos cualificados y la creciente complicación de las operaciones empresariales rutinarias. Los profesionales cualificados necesitan comunicarse más para concluir sus proyectos con éxito y lo mismo puede decirse de unas operaciones rutinarias que demandan, cada vez con más frecuencia, la coordinación de distintos departamentos, delegaciones o unidades de negocio separados geográficamente. 

En un contexto laboral que, como decimos, impone más comunicación entre los trabajadores y departamentos, no es extraño que, muchas veces, el tiempo que invertimos escribiendo un correo electrónico o hablando por teléfono sea superior al que dedicamos a hablar directamente con los compañeros de despacho. Tampoco debería sorprendernos que en algunas empresas, como sugiere la experta de la London School of Economics Judy Wacjman en su libro Esclavos del Tiempo, los profesionales dediquen hasta cinco horas y media al día solamente a comunicarse.

Recapitulemos: podemos hacer nuestro trabajo a distancia y llevamos siempre con nosotros el teléfono móvil, hemos de coordinarnos con profesionales que tienen prioridades y horarios distintos a los nuestros (por motivos geográficos, funcionales, etc.) y los nuevos indicadores de productividad, la inestabilidad laboral animada por la liberalización que exige una economía flexible y la competencia internacional nos fuerzan a rendir con más intensidad. ¿No era casi inevitable que se diluyesen las fronteras entre el mundo del trabajo y el del hogar y que nuestras casas y coches se transformasen en oficinas más tardes, noches y fines de semana de las que nos gustarían reconocer?

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