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Hasta hace pocos años, si un ejército o un grupo atacaba con éxito y violentamente un país, lo hacía de forma reconocible, con armas físicas y por supuesto reivindicando la agresión.

Los impulsores de campañas de noticias falsas, los movimientos populistas y los ataques promovidos por estados enemigos recurren frecuentemente a la ayuda de equipos infectados con virus especiales y autómatas digitales, también conocidos como bots. 

Hasta hace pocos años, si un ejército o un grupo atacaba con éxito y violentamente un país, lo hacía de forma reconocible, con armas físicas y por supuesto reivindicando la agresión mientras se enorgullecía de su capacidad destructiva. En estas circunstancias, el país agredido sabía ante quién dirigir su respuesta, a quién denunciar en las instituciones internacionales y a qué aliados recurrir para que vinieran en su auxilio. Es verdad que las campañas de propaganda e intoxicación en medios nacionales y extranjeros resultaban más sutiles y muchísimo más difíciles de rastrear. De todos modos, tanto esas campañas como los ataques militares o terroristas exigían una inversión que no estaba al alcance de cualquiera. 

En estos momentos y con la popularización de los ataques de bots, la situación ha dado una nueva vuelta de tuerca. Para empezar, la inversión necesaria para lanzar las agresiones se ha desplomado al mismo tiempo que crecía su sofisticación. Además, ahora es perfectamente posible que un ejército de autómatas digitales o equipos secuestrados con virus dañe instituciones importantes de un país o lance campañas eficaces de propaganda sin que se adivine exactamente quién está detrás o, al menos, sin que se pueda demostrar.

Cuando las agresiones se atribuyen a Rusia o Corea del Norte, la mayoría de las veces eso llega a los medios de comunicación o a las ruedas de prensa de los políticos pero no a los tribunales, porque no se sabe con seguridad quién es el último responsable. Resulta enormemente complicado reconstruir toda la cadena de intermediarios y eslabones de autómatas -y los pagos que se realizan en la internet oscura- que van desde el daño al autor principal y remoto.

Nos encontramos en un momento demasiado convulso como para que se pueda anticipar la evolución de los conflictos en los que se recurre a los bots como armas de destrucción y confusión. Lo que sí parece claro es que las principales redes sociales están invirtiendo grandes cantidades de recursos, porque los reguladores las presionan para que minimicen el tránsito de noticias falsas y  propaganda viral que los bots magnifican. En paralelo, los estados cada vez cuentan con más instrumentos para repeler estas nuevas formas de agresión digital. El futuro es muy incierto.

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