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Pocas cosas están tan claras como que la vida de la humanidad pasa, y seguirá pasando, por las ciudades

Estamos agotando la segunda década del siglo XXI y, si algo hemos aprendido en los últimos años, es que las certezas escasean cada vez más. Los avances tecnológicos y científicos, cada vez más disruptivos, hacen que cuestionemos lo que hasta hace poco se daba por sentado; la posverdad y el afloramiento de populismos están reanimando a fantasmas que dábamos por muertos y enterrados hace casi una centuria: ni siquiera el sistema político y social edificado tras 1945 parece hoy a salvo.

En este escenario tan dinámico que es el mundo es de agradecer tener alguna certeza a la que agarrarse, una constante sobre la que poder trabajar para ir despejando el resto de variables. Ahí va una: pocas cosas están tan claras como que la vida de la humanidad pasa, y seguirá pasando, por las ciudades. Más de la mitad de la población mundial ya vive en ellas, según datos de la ONU, y para 2050 se espera que la proporción de urbanitas sea del 70%.

¿Es eso bueno? En términos agregados, lo es: las ciudades cuentan con mejores infraestructuras y servicios que las zonas rurales, especialmente en los países menos desarrollados (que suelen ser también los más poblados).

Que la humanidad viva mejor en ciudades que en el campo no quiere decir que las urbes sean la panacea. Hay diferencias mastodónticas entre ciudades. La desigualdad de renta y de acceso a los servicios y la seguridad (poco tienen que ver Madrid y Adis Abeba aparte de tener una población similar) o la contaminación (el aire irrespirable de Gwalior, en India, sería difícil de concebir para un danés capitalino) son solo algunos de los factores que pueden convertir la vida urbana en un infierno.

El informe "Ciudades Disruptivas" desgrana los cambios que están experimentando las ciudades y los retos que tienen por delante para convertirse en lugares en los que merezca la pena vivir.

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