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Gracias, en gran medida, a la banca móvil y online, los africanos que poseían una cuenta en una entidad financiera crecieron considerablemente.

Un sistema financiero robusto es esencial para que cualquier país se desarrolle. Gracias, en parte, a la posibilidad de la banca online y móvil, millones de africanos están acelerando su incorporación a la clase media. 

El pasado reciente de África está marcado por unos bancos, créditos y productos financieros a los que sólo accedían las élites urbanas. Las sucursales se encontraban muy alejadas de la dispersa población rural, se formaban colas inmensas y los vecinos de las aldeas que tenían ahorros no veían grandes ventajas en depositarlos a cambio de que les dieran una tarjeta. Al fin y al cabo, apenas existía una red de cajeros y buena parte de los pagos se realizaba en especie o en efectivo.

Es cierto que su dinero estaba más seguro en las cámaras acorazadas que debajo del colchón, que tenerlo cerca suele hacer que ahorremos menos de lo que deberíamos (algo especialmente peligroso cuando las malas cosechas pueden desatar hambrunas) y que estos argumentos pesan muchísimo en regiones inseguras y con pocos servicios públicos. Al otro lado de la balanza, sin embargo, también pesaban los constantes brotes de hiperinflación: cuanto más suben los precios, menos vale el dinero en comparación con los bienes y menos ganas siente la población de ahorrarlo. Lo que quiere, lógicamente, es gastarlo o invertirlo.

Ahora nos encontramos en el vórtice de una revolución. Gracias, en gran medida, a la banca móvil y online, los africanos que poseían una cuenta en una entidad financiera pasaron del 13% en 2013 al 34% dos años después según el Banco Mundial. En Kenia, en los últimos seis años, la cifra ha despegado del 42% a más del 80% y, en estos momentos, más del 60% de los ciudadanos pobres tiene una cuenta.

Millones de personas utilizan los teléfonos móviles para hacer pagos entre personas mediante mensajes de texto, porque basta con introducir una tarjeta SIM bancaria en un teléfono que cuesta menos de diez euros. Además, para evitar las enormes colas o la dificultad para llegar a la sucursal, en algunas entidades es el empleado el que va a recoger el dinero a domicilio y el que confirma a su titular con un SMS que lo ha ingresado correctamente.  

¿Qué nos aguarda en el futuro próximo? Lo más probable es que la expansión de la inclusión financiera continúe hasta alcanzar, prácticamente, al 100% de la población. En ese mismo sentido, las operaciones se volverán cada vez más sofisticadas.

Como afirma Jay K. Rosengard, de la Universidad de Harvard, ahora el grueso de las transacciones financieras móviles en Kenia consiste en envíos de dinero entre particulares, pero ya se está viendo un uso cada vez habitual en los pagos a los comercios o las distribuidoras de agua y electricidad. Naturalmente, el velocísimo ritmo de penetración de los smartphones, que llegaron a 226 millones de conexiones el año pasado en todo el continente, reemplazará los ineficientes mensajes de texto con todo el abanico de posibilidades operativas que ofrecen las aplicaciones móviles.

Este caso es un ejemplo de cómo la tecnología puede ir, poco a poco, acabando con la brecha de desigualdad. Conoce más casos en la publicación del Future Trends Forum de la Fundación Innovación Bankinter “Tecnología y Desigualdad: por un mundo más justo y próspero”.

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