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La formación profesional ha pasado de ser considerada inferior a la formación académica a ser una puerta abierta para el acercamiento de la tecnología a la sociedad y a un nuevo futuro que escribimos sobre la marcha

Aunque podríamos hablar de que ya en 1857 la conocida ley Moyano incluía un plan para desarrollar unos planes de estudios específicos para formar a los futuros trabajadores y técnicos industriales, lo cierto es que Claudio Moyano, impulsor de la ley, nunca tuvo mucha fe en que fuera la industria la que sacaría a España de sus problemas. Hay que recordar que, en estos años, el número de habitantes es de 15,6 millones y que solo había 3,1 millones de españoles alfabetizados.

La primera Escuela de Artes y Oficios, fundada en 1871, es un educativo es un totum revolutum donde, por un lado, se imparten Bellas Artes, Música y, por otro, un programa de formación de trabajadores industriales que tiene como objeto formar a alumnos sin recursos que necesitan encontrar una profesión con la que mantenerse. El centro sufre diversas transformaciones a través de los años en las que las ramas industrial y artística se separan en 1910, dando lugar a las Escuelas Industriales y las Escuelas de Artes y Oficios.

El Estatuto de Formación Profesional de 1928 es el primero que institucionaliza la formación profesional en España e impulsa la creación de una red de centros estatales. La ley, en espíritu, es la que impulsa en 1955 la Ley Orgánica de Formación Profesional Industrial. En líneas generales divide los estudios en tres bloques: preaprendizaje (2 años), Oficialía (3 años) y Maestría (2 años). Por aquel entonces, la población en España supera por muy poco los 29 millones de habitantes, pero las cifras de analfabetos, pese a ser alta, se ha reducido hasta los 7,7 millones de personas.

Este nuevo panorama, más fuerte industrialmente, dejaba intuir que se crearían puestos de trabajo que serían cubiertos por los alumnos de este nuevo ciclo educativo. Y así fue.

En 1963, se impulsan de nuevo las Escuelas de Artes y Oficios Artísticos que son un empujón para los cursos dedicados a formar artesanos en disciplinas como la carpintería, la cerámica o la forja que, no teniendo una vocación abiertamente industrial, sirven en aquellos años para cubrir a una pequeña industria de servicios primarios.

La promulgación de la Ley General de Educación de 1970 definitivamente estructura la Formación Profesional en tres niveles: Primer, Segundo y Tercer Grado. La idea es modernizar las áreas y abandonar definitivamente la especialización en lo industrial. La nueva ley ofrece la posibilidad de especializarse como profesional agrario o como marítimo-pescador. Más allá de eso la Formación profesional ofrece estudios en Delineación, especialización Sanitaria, Automoción, metalurgia… se quiere atender a las necesidades concretas del mercado laboral y a satisfacer a las industrias estatales o implantadas en España.

El estudio de Formación Profesional era de acceso libre y gratuito mientras que el Bachillerato conllevaba gastos a las familias. Ni que decir tiene que los primeros se planteaban, todavía en 1970, como una forma de emplear a chicas y chicos de extracción humilde que, de ningún modo, podrían costearse estudios universitarios.

Fuera de ello, y durante muchos años, la Formación Profesional ha sido tremendamente denostada académicamente hablando.  Desde la gran reforma de la LOGSE en 1990 los esfuerzos de los diferentes ejecutivos españoles se han centrando en equiparar a los estudios de Formación Profesional de un valor equiparable al de la formación académica encarrilada a los estudios universitarios.

Los esfuerzos se han notado en una mejoría enorme de las cifras a las que también ha ayudado el panorama de la búsqueda de empleo (en 2018 casi el 41% de los empleos eran para alumnos de FP). Según en Ministerio de Educación en 2019 había 861.906 alumnos de Formación Profesional en España lo que suponía un aumento del 77% desde la medición que se hiciera en 2008.

Antes de la Pandemia del Coronavirus en la que nos vemos inmersos en la actualidad, la UE, a través del Cedepof (Centro Europeo de para el desarrollo de la Formación Profesional), había advertido de que en 2030 nuestro país requeriría de un 65% de profesionales con cualificaciones medias y un 35% de profesionales en cualificaciones altas.

Con el actual panorama, estas cifras podrían variar al alza de manera significativa. Y no solo en nuestro país, sino en todos los países occidentales. En 2020 la Formación Profesional en España ofrece hasta 140 ciclos formativos que ocupan un espectro inmenso que va desde la producción de Espectáculos hasta la Energía o la informática. Desde la crisis de 2008 hasta la actualidad el abandono escolar se ha reducido en la Formación Profesional y muchos universitarios deciden cursar un módulo para acceder antes al mercado Laboral.

El Covid-19 ha dejado al aire algunsa de nuestras debilidades. La más importante de todas, aparte del descubrimiento general de que vivimos en un delicado equilibrio social en el que todos dependemos de todos, es la de que necesitamos una vuelta a la implantación de un mayor número de industrias.

La crisis sanitaria más importante desde comienzos del siglo XX reclama una profunda renovación, no solo por cuestiones ecológicas o de salud, también de las económicas. Si bien llevamos ya algún tiempo del paradigma de la economía y la industria sostenible, lo cierto es que parece necesario establecer una red industrial que mantenga al continente abastecido de material de primera necesidad que nutra directamente a nuestros países y que estos no tengan que ser dependientes de una industria alejada de nuestras fronteras y establecida en un marco de intercambio comercial más complejo y lleno de matices que el nuestro.

La implantación de un sistema industrial sostenible en nuestros territorios occidentales parece una de las vías necesarias para la reforma económica que sobrevendrá al final de la crisis sanitaria. Ni que decir tiene que si la investigación será uno de los sectores más pujantes en el futuro, tendremos que plantearnos también reformas profundas en el tejido industrial de todo el planeta y tendremos que comenzar a mirar con ojos más benévolos y comprensivos los esfuerzos de los más jóvenes por tener un planeta más limpio.

No solo eso: la implantación de un número mayor de teletrabajadores tendrá que hacernos implementar internet y nuestros medios de comunicación habituales para hacerlos más rápidos a la hora de trabajar y más seguros para transmitir información.

Sin duda, la desaceleración económica que sobrevendrá necesitará de un reajuste de los datos de empleo que se moverán según las nuevas necesidades. Esto también desarrollará toda una industria nueva y un panorama completamente nuevo que necesitará a profesionales bien formados en  nuestra FP.

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