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La pandemia provocada por el SARS-CoV-2 ha trastocado todos los aspectos de nuestra vida. La educación superior no es una excepción: habrá medidas de prevención en las aulas y más formación no presencial.

La pandemia del COVID-19 ha supuesto un curso 2019-2020 lleno de incertidumbres, preocupaciones y contratiempos para todo el sistema educativo, desde la educación infantil a la educación superior. 

La crisis del coronavirus ha desafiado a las instituciones de educación superior de muchas maneras, nuevas e inesperadas. Tanto alumnos, como profesores y directivos universitarios han tenido que ir adaptándose a las medidas que se han ido tomando desde las administraciones públicas: los centros universitarios cerraron sus puertas en España el viernes 13 de marzo y desde entonces, con mayor o menor intensidad, y dependiendo de los centros, se ha retomado la formación a distancia (a veces on-line, a veces off-line), teniendo el profesorado que improvisar muchas veces por falta de experiencias previas. En estos momentos, muchos universitarios están realizando los exámenes finales de manera remota.

¿Cómo será el próximo curso? La respuesta no la conoce nadie. El Ministerio de Universidades ha publicado el 10 de junio un documento con recomendaciones para el curso 2020-2021 a lo que han llamado “presencialidad adaptada”.

Dado que el futuro inmediato no es previsible (nadie puede asegurar que haya una nueva oleada masiva de contagios ni lo contrario), quizás lo más importante es que cada universidad deberá establecer antes del comienzo del curso 2020-2021 un plan de contingencia que permita, en caso de que la situación sanitaria así lo requiera, un cambio masivo e inmediato a un sistema de docencia online.

Estos planes de contingencia requieren de una estrategia de digitalización reforzada del sistema universitario para las posibles situaciones de emergencia, que requerirán inversiones en infraestructura, equipamiento y formación a los docentes y al alumnado. Como dice el documento del Ministerio, “Tenemos que evitar que nos sorprenda de nuevo cualquier circunstancia que interfiera en el normal desarrollo de la actividad universitaria.”

A modo de ejemplo, la Universidad Politécnica de Madrid está dotando desde el Rectorado un presupuesto especial de 2 millones de euros para la adaptación de instalaciones y necesidades tecnológicas para la docencia en sus Escuelas y Facultad.

El próximo curso tiene que diseñarse de forma que se pueda realizar una rápida adaptación a cambios normativos provocados por un rebrote del coronavirus.

En las universidades presenciales es muy probable que se realice la formación de forma semipresencial, debido a que los grupos de estudiantes serán más reducidos por la necesidad de mantener 1,5 metros de distancia entre estudiantes y no existir recursos docentes ni espacios físicos para impartir las clases con esta medida y todo el alumnado al mismo tiempo. En ese caso, seguramente las clases se dividan y el alumnado asista de manera presencial de manera alternativa, tal y como se prevé también para la educación secundaria, según el documento del Ministerio de Educación y Formación Profesional “Medidas de prevención, higiene y promoción de la salud frente a COVID-19 para centros educativos en el curso  2020-2021”.

Mientras tanto, en EE.UU., las universidades de Rutgers, Harvard, Princeton y Georgetown anunciaron el lunes 6 de julio sus planes para un otoño masivamente online, tras un anuncio similar la semana pasada de la Universidad del Sur de California, según acaba de publicar Inside Higher Ed.

Los desafíos a los que se enfrenta el sistema universitario también vienen acompañados de oportunidades, en particular en relación con la digitalización y el aprendizaje y la enseñanza on-line, la ciencia abierta, la investigación, la innovación y el compromiso social.

Para ello, debe existir una coordinación entre todos los agentes involucrados. A este respecto, la declaración de La Asociación de Enseñantes Universitarios de la Informática, AENUI, considera los siguientes riesgos y oportunidades para el próximo curso:

  1. Las normas deben ser flexibles. Se debe evitar una excesiva normativización que impida o limite soluciones adaptadas, creativas y eficientes por parte del profesorado.
  2. No hay que sobrecargar al profesorado. Se debe intentar que disponga de los recursos necesarios para la adaptación a la nueva situación.
  3. El foco debe ponerse en el aprendizaje. Los nuevos retos obligan a rediseñar el proceso de enseñanza-aprendizaje, pero no se ha de perder nunca de vista que el objetivo es un aprendizaje profundo y de calidad por parte del alumnado.
  4. Hay que aumentar la formación en educación del profesorado. La mayor parte del profesorado que desarrolla su labor de manera presencial tiene poca o nula experiencia con otro tipo de docencia, más allá de la que haya podido acumular estos meses de improvisación. Es necesario que conozca nuevas herramientas, pero, sobre todo, debe realizar una profunda reflexión sobre el modelo educativo que usa en sus clases.
  5. Se debe promover la equidad social. El sistema educativo que se aplique durante esta crisis, o que surja de ella, no debe aumentar la brecha social entre el estudiantado, sino que debería ser una oportunidad para reducirla.

Por último, cabe señalar que la pandemia, que hace vivir a profesores y alumnos situaciones imprevistas, desconocidas y desconcertantes, influye en la salud mental. La pandemia y el confinamiento pueden desencadenar un importante estrés emocional que debe tenerse en cuenta. Los centros universitarios que prevean esto y que tomen medidas para poder ayudar a mitigarlo, identificando medidas de prevención e intervención psicológica frente a los efectos negativos en la salud mental y en el rendimiento provocados por la crisis sanitaria, creemos que tendrán una ventaja competitiva importante y se posicionarán como ejemplos de concienciación social, mejorando la calidad de vida de todos los miembros de su universidad.

 

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