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Ha sido en los últimos ocho años cuando empresas como Blablacar o Uber se han convertido en fenómenos internacionales y masivos.

En los últimos cinco años, la economía colaborativa ha multiplicado las posibilidades de compartir casi todo, incluidos los viajes que antes hacíamos prácticamente solos.

Hasta hace un lustro, cuando queríamos desplazarnos a Bilbao, Valencia o Sevilla, normalmente cogíamos nuestros coches o reservábamos un asiento en el autobús, el tren o el avión.

Los recorridos, salvo que fuésemos acompañados, eran bastante solitarios: interactuábamos escasamente con otros pasajeros y nos sentíamos un poco anónimos, igual que esos cientos o miles de personas que hacían cola en estaciones y aeropuertos. Casi nadie conocía ni quería conocer a los conductores y los pilotos.

El objetivo del viaje era llegar a destino lo antes posible y con la mayor comodidad que pudieran ofrecernos los vehículos. Las valoraciones del servicio no iban más allá el ocasional boca a boca y las hojas de reclamaciones, pero contábamos con la certeza de que las empresas de transporte estaban sometidas a una fuerte regulación.   

Ha sido en los últimos ocho años cuando empresas como Blablacar o Uber se han convertido en fenómenos internacionales y masivos. Estas plataformas, que se llevan una comisión por parte de todos los usuarios del servicio, hacen posible que un conductor cualquiera busque pasajeros para compartir los gastos de gasolina mediante una aplicación móvil. Los pasajeros, al mismo tiempo, pueden acceder a más opciones de transporte y  muchas veces más baratas, aunque con menos garantías regulatorias. La interacción entre los pasajeros y el conductor es muy común y resulta muy sencillo valorar el servicio online. 

En los próximos diez años, podrían converger la mayor popularización de plataformas como BlaBlaCar con el surgimiento del coche autónomo y la creciente preocupación por la calidad del aire en las grandes ciudades, que los tubos de escape contribuyen a deteriorar. Si se tiene que reducir el número de coches, aumentará seguramente el uso de los servicios que permiten compartirlos. En este caso, es posible que el que conduzca no sea un humano intentando adelantar a otros humanos, sino un robot que se coordina con otros robots.

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