La pandemia de la COVID-19 cerró colegios y universidades y ha obligado a las entidades educativas a acelerar sus procesos de innovación como nunca antes se había visto

La educación se ha resistido a los avances de las nuevas tecnologías como pocos sectores. Si bien es cierto que las TIC llevan formando parte de los currículums escolares desde 1985, año en el que se inauguró el proyecto Atenea cuya finalidad era integrar las nuevas tecnologías de la información en la enseñanza, no lo es menos que su desarrollo ha sido desigual y sus resultados, mejorables.

La presión por llevar a cabo proyectos de innovación educativa de manera transversal tanto en la educación pública como en la privada ha hecho que los centros inicien procesos de transformación que mejoren la calidad del aprendizaje. Muchos de ellos, lo han hecho apoyándose en las nuevas tecnologías como pedagogías emergentes (realidad aumentada, impresión 3D). Otros han implementado el conocido aprendizaje por proyectos, han favorecido el trabajo en equipo o han aprovechado las posibilidades del entorno para impartir una educación más integrada con la comunidad.

Sin embargo, con la llegada de la pandemia ha habido un punto y aparte en escuelas y universidades de todo el mundo. La imposibilidad de llevar a cabo clases presenciales ha acelerado de forma precipitada la implantación de entornos de aprendizaje en remoto (LMS) y de nuevas rutinas que permitieran continuar con las clases en una situación tan inesperada como incierta.

El salto a la educación a distancia

La COVID-19 forzó la mano al mundo educativo. La educación a distancia, fundamentalmente a través de internet, era el nuevo paradigma. No es ninguna novedad. Esta modalidad goza de más de un siglo de historia, cuando en la década de 1840, se empezaron a ofertar cursos por correo. En nuestro país tenemos buenos ejemplos de educación digital superior, como la UNED o la UOC, a las que en los últimos años se han unido un amplio número de nuevas instituciones. Pero en la educación primaria y secundaria, la situación ha sido mucho más compleja.

El Ministerio de Educación arroja datos al respecto. Hasta 2019, un 44,5% de los centros educativos de educación presencial no universitaria contaban con algún tipo de entorno virtual de aprendizaje (EVA). En el caso de las universidades, ese número sube hasta el 58% si hablamos de entornos de enseñanza libres como Moodle.

Esto debería haber supuesto una ventaja considerable a la hora de trasladar la enseñanza presencial a la educación a distancia, pero ahí radica el principal problema. No ha habido, en la mayoría de los casos, más que una simple traslación de un entorno a otro. La ausencia de la necesaria adaptación de metodologías, pedagogías y contenidos ha puesto de manifiesto la falta de preparación del profesorado en cuanto a competencias tecnológicas suficientes para la docencia. Una auténtica transformación que permita escenarios híbridos (el denominado blended learning) entre lo presencial y lo digital debe pasar por la actualización y formación de los responsables educativos no solo en el plano tecnológico, sino también en el pedagógico, con el fin de diseñar estrategias de aprendizaje que puedan aprovechar lo mejor de ambos mundos.

Pese a todo, ha habido experiencias, sobre todo en la enseñanza superior, que han resaltado algunas cuestiones positivas. Por ejemplo, un 70% de los alumnos de la Universidad de Almería consideran que la educación a distancia online ha potenciado el trabajo autónomo, con un 80% de ellos apuntando a que es más exigente incluso que la presencial.
 
Por otro lado, la brecha digital se ha hecho aún más patente. Aquellos alumnos que no contaban con una conexión a internet en sus hogares o con los dispositivos necesarios para poder asistir a las clases o realizar las tareas asignadas, irremediablemente se han enfrentado a una problemática que no existía en el caso de la educación presencial. 

Sin embargo, frente a la necesidad ha habido iniciativas privadas y públicas que han tratado de ofrecer medios a quienes no los tenían. Préstamos de ordenadores y ayudas gubernamentales para que las propias escuelas puedan ofrecer a sus estudiantes un dispositivo de calidad son solo algunos de los ejemplos de cómo la solidaridad ha sido, una vez más, una tónica importante durante la pandemia en muchos niveles.

Una experiencia educativa de la que aprender

Toda moneda tiene dos caras. Frente a las inmensas complicaciones de la pandemia y las consecuencias que ha acarreado, hay otra visión que pone de relieve los aspectos positivos que hemos extraído de la experiencia.

Tal y como señala Ángel Cabrera, patrono de Fundación Innovación Bankinter y presidente del Georgia Institute of Technology y ponente de la próxima edición de las #FutureTalks de Fundación Innovación Bankinter, la COVID-19 ha hecho que la innovación se dinamice con gran agilidad. «Esto ha cambiado la mentalidad de todo el mundo», explica Cabrera, «vemos innovaciones en todos lados, incluso en lo que está pasando en el aula».

La educación presencial tiene que ajustarse a las nuevas demandas de los alumnos y al uso de nuevas tecnologías que los colocan en el centro de su propio aprendizaje, les dan autonomía y les facilitan una enseñanza mucho más personalizada. «Intenta llevar a 100 o a 200 alumnos a un aula a darles una lección magistral. Te dirán que no les hagas perder el tiempo, que para eso “lo pones en vídeo y lo veo en mi casa”», nos cuenta Cabrera. 

La innovación, según Ángel Cabrera (doctor en psicología cognitiva y licenciado en ingeniería de telecomunicación), no recae exclusivamente en cómo usar la tecnología, sino en cómo se pueden combinar la utilización de los espacios físicos y digitales. Para Cabrera, hay otra rama especialmente interesante si nos centramos exclusivamente en la tecnología como tal, y es la llegada de la inteligencia artificial a los modelos educativos.

«Es lo que nos va a permitir hacer modelos de aprendizaje que estén realmente adaptados al individuo, poder contestar dudas e incluso predecir lo que sabe o no un alumno y cómo guiarlo en ese proceso de aprendizaje», apunta Cabrera.

 Una nueva mentalidad frente a la educación

Otro de los apuntes positivos que realiza el presidente del Georgia Institute of Technology se refiere a la superación del escepticismo por parte de profesores y alumnos reacios a participar en la educación a distancia. Muchos de estos perfiles jamás se habían planteado recurrir a la tecnología como un medio educativo y dudaban de su eficacia. «Todo el mundo tuvo que innovar, tuvo que ponerse en situaciones nuevas, pero no quiere decir que todo lo que hemos hecho durante este año haya funcionado bien», matiza.

Lo que sí ha sido es un campo de prácticas único para poder llevar a cabo todo tipo de innovaciones que, hasta ese momento, o bien estaban en proceso de desarrollo o avanzaban a un ritmo excesivamente lento. «Va a haber un antes y un después, porque ha sido un experimento masivo que ha afectado absolutamente a todo el mundo», señala Cabrera.

La educación a distancia ha sido la gran beneficiada de este experimento. «Va a haber innovaciones tanto en la estructura de los programas como en el uso de la tecnología, en cómo mezclamos tecnología y espacios físicos y, sobre todo, en lo más importante: esta experiencia ha abierto la mentalidad a todo el mundo que está involucrado en esto». Las cifras hablan por sí mismas. Solo en España, el número de estudiantes que inició un curso online aumentó en 2020 en un 144%.

Ángel Cabrera nos dará su visión sobre esta realidad el próximo 1 de julio a las 16:00 en una nueva edición de las #FutureTalks: «A futuro, hay unos desafíos enormes que tenemos que pensar cómo vamos a resolver».

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