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La labor de evitar que la ciudadanía sea una masa manipulable comienza por una educación sólida.

La información es la base de nuestro sistema económico y social. Su flujo y la forma en la que llega a los ciudadanos es uno de los diferenciales que define a una democracia y la calidad de sus instituciones frente a los sistemas dictatoriales.

La tecnología y la expansión de Internet y las redes sociales provocó que los medios de comunicación tradicionales sufrieran una profunda transformación. La información que llegaba por fuentes muy concretas y a una velocidad y en un volumen aceptable para ser administrada pasó a ser un flujo interminable que viaja a toda velocidad, ofrecida en todos los formatos imaginables (tuits, post de Facebook, newsletters, blogs, alarmas, etc.).

Este cambio en el negocio de los medios de información ha hecho que no solo se altere el paradigma informativo -los medios ahora comparten su labor con nosotros- sino también que mucha de esta información llegue hasta nosotros sin filtros. Del mismo modo que los medios de masas del pasado administraban la calidad, la cantidad y la forma en la que la información llegaba al ciudadano, también era su responsabilidad que esta fuera veraz.

Ahora no solo tenemos que elegir dónde nos informamos. También debemos decidir sobre si lo que consumimos tiene calidad. Hace no demasiados años solamente éramos observados como los consumidores finales en todo el proceso (lector, telespectador u oyente). Antes teníamos también que decidir si lo que leíamos o escuchábamos era veraz y ahora, a veces, tenemos también que saber, incluso, si es real.

Sumemos a esto que cada uno de nosotros cuenta con las herramientas necesarias para convertirse en sí en un medio de comunicación: en nuestras redes sociales compartimos no solo asuntos de nuestra vida privada, también nos dedicamos a la reflexión política, por ejemplo, rebotamos noticias de otros medios que entendemos como veraces y, sobre todo, en estos últimos años, la actividad en redes sirve para dar cobertura informativa y servir como plataforma propagandística de todos los movimientos sociales. La cantidad de información tendenciosa, maliciosa, mal valorada del pasado se ha multiplicado y se ha unido a todo tipo de campañas publicitarias (disfrazadas como información).

Con este panorama, en el que los adultos solemos perdernos, crece la necesidad de que los más jóvenes hagan un uso responsable del poder que las redes sociales y los medios digitales les otorga. Tienen, tenemos, que informarnos de la forma correcta, diferenciar la calidad de una noticia que llega hasta nosotros, valorar a la fuente y, finalmente, saber si los datos que se nos ofrecen son correctos, están en su contexto, no han sido extrapolados de forma torticera. 

Para conseguir ser capaces de ser informados en la actualidad, por lo tanto, se hace cada vez más importante educar en la “gestión” de datos. Los planes educativos del futuro introducirán con más frecuencia de forma directa e indirecta este asunto para avanzar en el objetivo de ser una sociedad formada por gente cada vez mejor informada.

En 2017, la compañía Google lanzó “be internet awesome” (Mola en Internet) que tiene como objetivo ampliar las competencias mediáticas de niños y niñas de entre 8 y 12 años. Es gratuita, no necesita de registro y cuenta, incluso, con planes flexibles de aprendizaje que pueden adaptarse a cada pequeño usuario. Google, junto a Facebook, es una de las compañías que más empeño tienen en luchar contra la desinformación en Internet.

El flujo de información maligna o interesada, incluso la que simplemente es amarillista y se basa en los “gossip” (definición universal del “cotilleo” servido en formato digital, casi siempre referente a otros usuarios tan anónimos como la fuente que los ofrece) son un mal negocio.

Grandes marcas como Coca-Cola a nivel internacional o Mercadona en nuestro país han sufrido campañas de desprestigio vestidas de información veraz que han perjudicado sus intereses comerciales. Fueron a través de las famosas cadenas de bulos que llegan a nuestro teléfono a través de WhatsApp. La plataforma, normalmente usada para campañas de desinformación, tuvo un grave problema este año en India. El país del sudeste asiático es el mayor mercado de la compañía. El flujo de videos manipulados y bulos ha provocado directamente tumultos y linchamientos y su irrupción en la última campaña electoral sirvió para que los candidatos la usaran para generar campañas de desprestigio. El golpe a la imagen de la compañía ha sido tan grande que WhatsApp decidió tomar medidas.

La Plataforma contra la desinformación de Holanda invitó a los catedráticos de Cambridge Sander van der Linden y Jon Roozenbeek a trabajar en “Bad News”, un juego basado en las mecánicas de las fake news que ayuda a sus usuarios a diferenciar manipulación informativa de lo que no lo es. Por ahora no está disponible en español, pero cuenta con dos versiones: una para usuarios adultos y una para menores entre 8 y 11 años.

Pero la lucha por la gestión de los datos y la verdad no solo afecta a los humanos. La acción de la información dañina puede ser tan mala y perniciosa que podría afectar al funcionamiento de la Inteligencia Artificial. Para ello se han tenido que tomar medidas que nos protejan de una IA mal informada.

En nuestro país Google España y la Fundación Contra la Drogadicción lanzaron el programa (in)formarte que enseñará a más de 30.000 alumnos de toda España a manejarse con la información que reciben por medios digitales.

La marca española Pescanova inició el año pasado una campaña publicitaria sobre un nuevo producto que tenía como base una fake new: un mockumentary (un falso documental) sobre el comportamiento de los langostinos. El tono de la pieza de cinco minutos, su realización, el formato etc haría dudar a cualquiera sobre si lo que está viendo es real o es falso. La emisión en España del falso documental británico “Alternativa 3” encontró una tremenda y curiosa repercusión en el momento de estreno que era la que perseguían los creativos de la campaña de la compañía pescadera.

Unida a la campaña la marca patrocinó un informe firmado por la agencia Simple Lógica y el Grupo de Investigación en psicología del testimonio de la Universidad Complutense de Madrid sobre el impacto de las Fake News en España: El 60% de sus ciudadanos cree saber diferenciar una noticia falsa de una que no lo es. Desgraciadamente sólo un 14% es capaz frente al 86% de ellos que, en la práctica, no son capaces de hacerlo.

Fuente: I Infome sobre el impacto de las fake news en España.

Según un estudio de Servimedia publicado en 2018 el 34,7% creía posible haber compartido noticias falsas inconscientemente pero solo un 9´2% afirmaba haber compartido una noticia falsa pensando que era verdadera. ¿Es una percepción errónea?

En 2017 el parlamento italiano aceptó a trámite una proposición de ley para regular la educación cívica digital. Paralelamente el ministerio italiano de educación difundió un decálogo entre los 4 millones de alumnos de bachillerato para detectar fake news, bulos e identificar estudios científicos falsos y advertir de los peligros de difundir y consumir este tipo de noticias de manera consciente e inconsciente. La medida no es gratuita: en las próximas elecciones que se celebren en el país transalpino un millón de esos alumnos serán llamados por primera vez a las urnas. En un país donde las campañas contra la vacunación infantil han tenido una terrible implantación y donde, fuera de esta catástrofe sanitaria, el populismo ha dado un vuelco al mapa político la medida parece urgente.

Pero hay esperanza. Un estudio de las universidades de Princeton y Nueva York donde se investigaba la tendencia de los usuarios de Facebook llegó a la conclusión de que los mayores de 65 años son más proclives a compartir y comentar “noticias falsas”. Nada menos que un 11´3 % frente al 3% de usuarios de entre 18 y 29 años.

¿Cómo luchar contra la desinformación en la era de las fake news?

En un panorama como el actual ya no es posible hacer frente a un problema como el de la desinformación cultivando una mentalidad crítica y cívica entre los más jóvenes. Un asunto como este merece la acción combinada de los actores gubernamentales y de las empresas que se juegan su prestigio y sus ingresos en esta batalla por acabar con la llamada “post verdad”.

Para prepararnos para ello hay que entregar las herramientas necesarias para que podamos llevar a cabo estas acciones básicas:  

  1. Entender que la velocidad a la que el medio ofrece la información no tiene que ser el mismo con el que compartimos una noticia.
  2. Investigar la fuente que ofrece la noticia.
  3. Contrastar los datos que ofrece con otras fuentes.
  4. Consultar a expertos en la materia.
  5. Valorar la posible tendenciosidad de la información.

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