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Las imágenes que asombran a millones de personas en todo el mundo ya no son las de los fabricantes de coches tradicionales que prometen un cambio gradual, sino las de aquellos que anuncian el fin de una era.

Muchos medios de comunicación, alimentados por las promesas revolucionarias de Silicon Valley, nos han convencido de que en el futuro tendremos coches eléctricos, autónomos e hiperconectados. La realidad es que eso no está nada claro.

Nuestra percepción sobre los vehículos que vamos a (no) conducir a largo plazo ha cambiado sustancialmente en los últimos diez años. De hecho, a principios del SXXI, fantasías de coches voladores aparte, la idea era que los motores serían muchísimo más eficientes aunque siguieran consumiendo al menos en parte combustibles fósiles, que los automóviles mejorarían nuestras sensaciones al volante y que serían cada vez más seguros y atractivos (el diseño estaba llamado a jugar un papel esencial). En otras palabras, creíamos que el futuro sería una versión mejorada del presente.

Esto ya no es así. Las imágenes que asombran a millones de personas en todo el mundo ya no son las de los fabricantes de coches tradicionales que prometen un cambio gradual, sino las de aquellos que anuncian el fin de una era. ¿Cómo afectará el coche autónomo a la economía?

Así, Google ha puesto sobre la mesa el vehículo autónomo, Tesla ha agitado el estandarte del vehículo eléctrico y… ambas han contribuido a que los conductores de todo el mundo exijan que los nuevos modelos estén conectados a internet e interactúen grácilmente con sus smartphones. Todo ello, con una cobertura incesante en los medios de comunicación, nos ha llevado a convencernos de que el futuro pasa inevitablemente por el coche eléctrico, autónomo e hiperconectado. También hemos asumido que esas tres características reducirán los tremendos niveles de contaminación de las ciudades.

Probablemente, en los próximos años esa visión del futuro se va a matizar. Comprenderemos que la energía de los vehículos eléctricos procederá en su mayoría de quemar combustibles fósiles, que las baterías de los coches todavía sufren importantes limitaciones técnicas (además de que su producción contamina mucho), que la actual hiperconectividad de los vehículos a veces multiplica las posibilidades de distraerse y con ellas el riesgo de accidente… y que millones de personas en todo el mundo prefieren conducir a dejar que lo haga por ellas un robot.

La principal conclusión que sacaremos es, seguramente, que el futuro eléctrico, hiperconectado y autónomo, tal y como lo concebimos hoy, es sólo uno de los futuros posibles.

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