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El primer ministro japonés, Shinzo Abe, inicia una reforma educativa para reducir las licenciaturas de humanidades y ciencias sociales como parte de un plan para mejorar las cifras de empleo.

Aislacionismo y tradicionalismo son dos de las señas de identidad de la historia japonesa. Ambas han marcado la historia de la monarquía más antigua del mundo, el devenir político y social de la isla y también ha afectado a la diplomacia y la política exterior con la que se ha manejado internacionalmente.

La historia japonesa se mueve siempre entre procesos de reafirmación nacional. Como pocos países en el mundo, Japón ha conseguido proteger celosamente su espíritu tradicional y, a la vez, acometer profundos cambios y modernizaciones. 

Tras la II Guerra Mundial Japón reeditó su compromiso con la modernización y se convirtió en una referencia para el avance de la tecnología a nivel internacional.

Se recuperó en un tiempo record, aceptó los cambios políticos y se centró en el desarrollo económico alcanzando la excelencia industrial que lo puso a la cabeza del mundo en un terreno tan complicado como el de la tecnología. Gran parte de este éxito se debió a la creación de programas educativos que propiciaron la formación técnica de su población y pusieron las bases para darle un nuevo rumbo a su economía.

Japón es un país que no tiene miedo a los cambios, si estos le permiten mantener su espíritu nacional, y que es capaz de atacar reformas profundas casi sin pestañear. Los cambios se deciden y la sociedad los asimila y participa en ellos de forma, se diría, entusiasta a tenor del éxito alcanzado.

Para Occidente, las decisiones que toma Japón son, a veces, tan incomprensibles como los sinogramas de su escritura. Es por ello que el anuncio de su primer ministro, el conservador Shinzo Abe, de que el ejecutivo japonés había decidido reducir las ayudas a las universidades que mantuvieran carreras de humanidades ha provocado “incomodidad” en el seno del profesorado universitario. 

Según el político japonés, esta reforma se debe a un plan de austeridad gubernamental que persigue recortar los presupuestos públicos de educación en base a encontrar “una vocación educativa más práctica que participe las necesidades de la sociedad”. 

Japón tiene 60 universidades que cuentan con programas de ciencias sociales y humanidades. Desde el anuncio de Abe, 26 de ellas han anunciado que eliminarán estos programas. No así las universidades de Tokio y Kioto que no solo se han negado, sino que se han mostrado en contra con la medida. Por lo pronto, se han producido protestas del profesorado y los alumnos afectados y la reforma ha suavizado sus planes de imponerse antes del comienzo del curso 2020-2021.

Koichi Hagiuda, ministro de Educación, Cultura, Deportes y Tecnología, ha defendido estos cambios en base a dos razones: conseguir que los jóvenes japoneses se titulen en carreras que les permitan acceder fácilmente al mercado laboral y colocar más universidades entre las 100 más prestigiosas del mundo.

Paradójicamente, solo Reino Unido, cuyas universidades punteras destacan por sus programas de Humanidades, ha sido el único país occidental en abrir abiertamente un debate sobre la utilidad o no utilidad de las conocidas popularmente como carreras de “letras” con unos argumentos iguales a los usados por el ejecutivo nipón: reducir el monto económico dirigido a carreras de letras para, en teoría, reinvertirlo en carreras técnicas que favorezcan el empleo. En este caso las razones de los británicos también tienen que ver con hacer planes de estudios más ágiles que se acomoden a la juventud actual. 

En el resto de países el debate no está abierto pero sí es verdad que, desde el comienzo de la crisis económica, el ruido alrededor del mismo ha aumentado considerablemente y, aunque gigantes como Google, busquen a licenciados “de letras” de forma continua para incorporarlos a su estructura lo cierto es que crece el desprestigio de unos estudios que, según el sentir popular, ni ayudan a emplear a nadie, ni tienen una aplicación palpable, ni suponen una fuente de riqueza económica. Este es el signo de los tiempos.

Hablar de los beneficios de las humanidades nos llevaría, claro está, a uno de esosdebates apasionados donde podríamos hablar de la protección de nuestra cultura, de la expansión de valores positivos, de lo beneficiosa que es la adquisición de hábitos de lectura…de forma desapasionada podríamos decir que los estudios de humanidades ayudan a generar hábito de estudio, a la memorización positiva, a una forma de comprender el mundo desde una perspectiva diferente y, por tanto, a construir mentes abiertas que son las que, de algún modo, nos llevan al siguiente nivel creativo que es el que hace evolucionar el pensamiento y ayudarnos a conseguir nuevas metas y avances.

En lo puramente estadístico, y centrándonos en España, en términos de empleabilidad las diferencias se encuentran más entre las personas que tienen un título universitario y las que no lo tienen. Estos últimos sufrían en 2014, según el INE, una tasa de desempleo del 47,3 %. En ese mismo año las tasas de desempleo de las carreras de humanidades, siendo más altas, no arrojaban malas cifras en algunas de sus disciplinas y, entre las que acumulaban más licenciados sin empleo se encontraban carreras como Arquitectura o Ingeniería Naval.

Lo más urgente, pese al punto de vista japonés, parece ser que sigue siendo la formación académica de la población juvenil, en ciencias o en letras, frente a la redirección de este grupo hacia carreras técnicas. 

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