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Cada vez existen más formas de comunicarse, lo que ha hecho que el trabajo sea más eficiente. Sin embargo, cada vez es más difícil desconectar del trabajo.

La comunicación entre la empresa y sus profesionales se ha multiplicado en intensidad y diversidad en el SXXI y, por ello, el trabajo se ha vuelto más eficiente y la desconexión se ha hecho más difícil. 

Hasta los años ochenta, prácticamente la única forma de localizar a un profesional fuera del horario de oficina era mirando el listín y llamando a su casa. Otra opción era ir a buscarlo a los lugares que frecuentaba –las cafeterías y los bares eran una buena opción–, enviarle un correo urgente a su domicilio con un mensajero de confianza. También le pedían que dejase los teléfonos de los sitios donde más solía estar o que su secretaria supiera en todo momento en qué número podían dar con él.

Los trabajadores sometidos a semejante nivel de marcaje o eran de alto nivel, como un directivo de una gran empresa, o desarrollaban funciones muy sensibles, como podían ser las de los médicos.  

Aquello empezó a cambiar, como decíamos, en los ochenta y principios de los noventa. Entonces comenzaron a comercializarse los primeros teléfonos móviles, que contaban con una calidad de llamada que hoy consideraríamos lamentable y eran prohibitivos. En España, también se popularizaron poco a poco los ‘buscas’, unos dispositivos portátiles que emitían un pitido característico cuando les llegaba el aviso de un mensaje.  Ese mensaje era un número de teléfono, sobreimpreso en una pantalla de cristal líquido, al que había que llamar lo antes posible para saber por qué nuestra empresa, administración u hospital necesitaban localizarlos con urgencia. 

A finales de los noventa, ya se había iniciado la extinción total de los buscas porque la nueva generación de teléfonos móviles ofrecía una calidad de llamada razonable y la posibilidad de enviar mensajes de texto a un precio accesible para casi cualquiera. Lo que cambió en el SXXI fue la llegada del smartphone, que también permitía consultar ágilmente el correo electrónico, la aparición de las aplicaciones de mensajería instantánea, que redujo a cero el coste de los mensajes, y el acceso sencillo e intuitivo al buzón corporativo y la oficina virtual, que facilitaban enormemente el teletrabajo. 

En estas circunstancias, resultaba realmente fácil y barato contactar con cualquier empleado, algo que se traduciría en el abuso de algunas empresas y también en la adicción de muchos trabajadores a estar permanentemente conectados con ellas.  Por supuesto, de ser algo elitista y minoritario, la hiperconectividad con la oficina se ha convertido ahora, en 2017, en la condición más habitual de los profesionales cualificados del sector privado.  

Curiosamente, el futuro, más allá del cambio de los dispositivos de comunicación (nuestros jefes y compañeros podrán hablarnos y escribirnos, en vez de por el móvil, por las gafas, por el reloj inteligente, etc.), apunta más a una reducción de la conectividad que a su aumento. Así se explica que Francia haya adoptado una norma, fruto del acuerdo de sindicatos y patronal, que restringe el envío de correos electrónicos fuera de la jornada laboral. El Ministerio de Empleo en España está estudiando la regulación no sólo de los correos sino también de las llamadas de teléfono. ¿Se le pueden poner puertas al mar?

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    April Rinne

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