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¿Cuánto cuesta un rostro? La empresa de ingeniería londinense Geomiq le ha puesto precio.

Hace un par de décadas se ofrecía como una extravagancia en las películas de ciencia ficción; hoy forma parte de nuestra vida. El reconocimiento facial es ya una tecnología muy popularizada. Puede que en el siglo XX estuviera relegada a las cámaras acorazadas de los grandes bancos o a las instalaciones militares de alta seguridad; hoy llevamos todos encima un dispositivo (el móvil) capaz de escanear nuestro rostro con solvencia, reconociéndonos incluso si llevamos el pelo recogido en vez de suelto o si nos hemos dejado una tupida barba.

El reconocimiento facial, dicen quienes saben de ciberseguridad, es de mucha utilidad para los sistemas de autenticación en dos pasos. Es decir, usar el escaneado facial tras la introducción de una contraseña como método que garantice que esta no ha sido sustraída. Algunas aplicaciones móviles, como las de banca, ya recurren a este procedimiento para agilizar el acceso de sus clientes al servicio. Incluso se usa para actividades tan triviales como desbloquear el propio móvil.

El lado oscuro del reconocimiento facial

Resulta, sin embargo, que la tecnología se ha popularizado tanto, sus costes son tan asequibles que se pueden usar en contextos que a veces no son los más ortodoxos. Las grandes ciudades de China, país que suele ser ejemplo por usar la tecnología más avanzada para controlar a sus habitantes, están plagadas de cámaras capaces de reconocer en segundos a los individuos que tengan enfrente. En el gigante asiático, cuya población parece ser receptiva con aplicaciones que en Europa se considera que invaden nuestra privacidad, incluso se usa la cara para pagar (por ejemplo en los supermercados Hema, pertenecientes a Alibaba, donde hay cámaras en los cajeros).

No hace falta viajar a un país totalitario para que te graben la cara sin tu consentimiento. Varias aerolíneas estadounidenses escanean el rostro de los viajeros de vuelos internacionales. San Francisco se convirtió este año en la primera ciudad de Estados Unidos en prohibir el reconocimiento facial al considerar que esta tecnología vulnera la privacidad de los ciudadanos y puede perjudicar a las minorías.

Eso lo sabe muy bien la investigadora del MIT Joy Buolamwini. Hace unos años se dio cuenta de que un algoritmo de reconocimiento facial funcionaba con todos sus colegas pero a ella ni siquiera le detectaban el rostro. Casualmente era la única negra del grupo. En una conocida charla TED cuenta cómo consiguió que ese mismo sistema funcionase con solo ponerse una máscara blanca. Buolamwini fundó la Algorithmic Justice League para combatir los sesgos de los algoritmos.

El precio justo

¿Cuánto cuesta un rostro? La empresa de ingeniería londinense Geomiq cree que 100.000 libras. Esa es la cantidad que ofrece por quedarse de forma vitalicia con los derechos la persona que le pondrá cara a los robots de compañía que están desarrollando.

¿Es esa cantidad suficiente como para ver el rostro de uno reproducido en miles de robots por todo el mundo? Difícil de decir. Aunque convendría recordar cada vez que usemos el reconocimiento facial para desbloquear el móvil o para hacer una transferencia que esas operaciones son posibles porque hemos cedido nuestros parámetros faciales de forma gratuita.  

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