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¿Hasta qué punto puede decirse que tenemos derecho a la intimidad en nuestro lugar de trabajo?

Desde 2007, han aparecido sentencias de calado que autorizan a las empresas a intervenir el correo, los equipos y los dispositivos móviles de los empleados que sospechen que los usan para fines personales.

Por supuesto, la utilización del material de oficina con fines personales es tan viejo casi como las propias oficinas. Aquí hablamos no tanto de llevarse folios o bolígrafos, sino de escanear o imprimir igualmente fotos en color y de alta resolución de la familia o los amigos. También es antiguo el rictus de seriedad de muchos profesionales que parecen muy concentrados mientras leen el periódico en la pantalla de sus ordenadores.

En ese contexto, se fueron universalizando el correo electrónico, las redes sociales, los messengers y las aplicaciones de mensajería instantánea. Algunos empleados, la mayoría, pensaron que podían oxigenarse un momento utilizando estos nuevos soportes para fines personales aunque lo hicieran desde los equipos de la empresa. Otros creyeron, es verdad, que podían abusar de las nuevas tecnologías amparándose en el derecho a la privacidad de la correspondencia. La última década ha contribuido a acabar con la impunidad.

Los tribunales han dado la razón a los jefes que sospechan que sus subordinados se dedican más a chatear o navegar que a sus obligaciones. En 2007, el Tribunal Supremo autorizó a los jefes a vigilar el uso de los equipos -incluidos los chats del messenger- siempre que los empleados hubieran sido avisados de que podía ocurrir. En 2013, el Constitucional afirmó que no hacía falta avisarlos si el convenio colectivo lo preveía. De nuevo, en 2016, el  Tribunal Europeo de Derechos Humanos avaló con una sentencia el derecho de los jefes a vigilar nuestras comunicaciones.

Ahora que sabemos que pueden mirarnos la correspondencia y los equipos, han aparecido otros debates importantes. ¿Hasta qué punto puede decirse que tenemos derecho a la intimidad en nuestro lugar de trabajo? ¿No debería haber límites para los jefes que deseen saber más de sus subordinados y que los ‘espíen’ sin la auténtica sospecha de que estén convirtiendo la oficina en un lugar de ocio? ¿Acabarán teniendo las empresas- como auguran algunos expertos en privacidad con una sentencia europea en la mano-  acceso al tiempo que hemos dedicado WhatsApp o Facebook  desde nuestros dispositivos personales durante nuestra jornada laboral?

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