¿Llegar al espacio como quien sube al ático de un edificio? Parece que hay voluntad de trasladar a la realidad lo que siempre ha permanecido en el plano estrictamente teórico.

Llegar al espacio en un ascensor, como quien sube a la última planta de un rascacielos. La idea puede parecer disparatada --hasta inspiró una de las novelas de Arthur C. Clarke, autor de 2001: Una odisea del espacio--, pero lleva debatiéndose en el plano teórico más de un siglo. El físico soviético Konstantin Tsiolkovsky, considerado el padre de la cosmonáutica, fue el primero en hablar de ello allá por 1895. Aventuró que la torre que nos llevara al espacio (se le ocurrió fijándose en la Eiffel) debería tener 35.786 kilómetros de longitud, altura a la que los objetos se mueven a la misma velocidad que la Tierra. Años más tarde se bautizaría esa altura como órbita geoestacionaria (GEO), la más utilizada por los satélites de comunicaciones.

La idea siguió elaborándose con el paso de las décadas. En los años 60, la torre pasó a ser un cable o raíl que se sostendría gracias a la fuerza centrífuga de la rotación de la Tierra y que acabaría en un contrapeso (algunos propusieron que fuera un asteroide). Eso sobre el papel, porque no existe ningún material lo suficientemente resistente y flexible para aguantar la tensión (gravedad, vientos extremos...) a la que estaría sometida una estructura de semejante longitud. Por no hablar de los riesgos de impacto de la basura espacial o de rayos. En cualquier caso, si eventualmente se salvasen esos inconvenientes, la plataforma o cápsula enviada al espacio ganaría propulsión según ascendiera, facilitando el transporte y reduciendo sus costes (se calcula que subir materiales al espacio por ascensor sería unas 100 veces más barato que en cohete).

Una nueva esperanza

Han pasado 125 años desde que Tsiolkovsky lanzó su idea y el proyecto de llegar al espacio sin subirse a una nave sigue siendo irrealizable. Aunque hay quien asegura que no por mucho tiempo. La japonesa corporación Obayashi pretende construir para 2050 un elevador capaz de llegar a la Estación Espacial Internacional, a unos 400 kilómetros de la superficie terrestre. Una agencia vinculada al gobierno chino, por su parte, trabaja para tener listo un ascensor espacial para 2045.

¿Ha habido algún avance tecnológico que convierta este proyecto faraónico (y un tanto utópico) plausible? No exactamente: las empresas que han anunciado su intención de conseguir unir la Tierra y el espacio con un cable confían, de hecho, en que los avances tecnológicos futuros les permitirán tener éxito. Hay quien sostiene que el material más fiable serían los nanotubos de carbono, que miden solo nanómetros y son 100 veces más resistentes que el acero. Pero construir (y desplegar) una estructura varias veces más larga que el diámetro de nuestro planeta sigue siendo una quimera.

La solución está en la Luna

A falta de tecnología, ha sido el replanteamiento del problema lo que ha insuflado optimismo a los defensores de los ascensores espaciales. Dos estudiantes de doctorado propusieron este año construir un elevador en la Luna que llegase hasta su órbita. Por varios factores, entre los que destaca la menor gravedad del satélite, las fuerzas que debería soportar el ascensor (un cable que haría de raíl) serían menores que si se construyera en la Tierra. Tanto es así que sería factible construirlo con los materiales y tecnología actuales, aseguran los investigadores. La estructura tampoco se vería azotada por la basura espacial, con lo que su seguridad se vería reforzada.

¿Llegar al espacio como quien sube al ático de un edificio? Parece que hay voluntad de trasladar a la realidad lo que siempre ha permanecido en el plano estrictamente teórico. Veremos hasta dónde llega esta iniciativa.

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