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Los años noventa se pueden considerar como el final de la última era dorada de las discográficas. ¿Por qué?

Uno de los aspectos en los que la tecnología más ha ayudado a transformar la sociedad ha sido la revolución de las actividades culturales y, muy especialmente, las que tienen que ver con la música.

Los años noventa se pueden considerar como el final de la última era dorada de las discográficas. Entonces, todos comprábamos CD e incluso cintas y las grabaciones piratas ni eran un gran negocio, ni les hacían un daño brutal. La música se compartía individualmente entre amigos y se compraba, en formato físico, en las tiendas.  

Los hábitos y las posibilidades de consumo iniciaron un cambio rápido. Como era sencillo y barato compartir y enviar canciones y álbumes enteros en formato digital, la piratería se convirtió en un negocio y una opción recurrente para millones de personas. Muchos decidieron apostar por webs de descargas ilegales como Napster porque permitían bajarse, fácilmente, la música que ofrecían otros usuarios.

No sólo era barato, sino también práctico. Podíamos acceder a canciones individuales con un sonido mejor que el de las cintas que todavía utilizábamos para grabar, no teníamos que comprar el disco entero y, además, las tripas de estas plataformas eran un lugar ideal para dar con artistas y temas difíciles de encontrar. Cuando las grandes discográficas consiguieron llevar a la quiebra a Napster en 2002, habían surgido decenas de imitadores y el fenómeno ya era imparable. Millones de personas creían, además, que las empresas manipulaban al alza el precio de sus productos y que los artistas apenas se beneficiaban del sobrecoste.    

En 2003, Apple lanzó la primera versión de la tienda de iTunes. Existía, por primera vez, una alternativa popular a las descargas ilegales. Los usuarios podían comprar discos y canciones originales fácilmente, individualmente, por un precio muy competitivo y con la seguridad de que el sonido sería impecable. Iban a hacerse con todos esos usuarios que desconfiaban de los sitios de descargas ilegales porque, a veces, el sonido de los archivos era deficiente o portaban algún tipo de virus. Muy pronto, surgieron los imitadores de iTunes y se volvió, poco a poco, totalmente normal comprar la música en formato digital y por internet.

Aquella época dio paso a lo que estamos viviendo hoy. Existen plataformas como Spotify para escuchar música online y compartir la experiencia o nuestras listas de favoritos con amigos y conocidos. Los usuarios consumen en esas plataformas contenidos musicales gratuitos y de pago. Las empresas, que se financian con las cuotas de las suscripciones y con los anuncios, han aprendido la lección: disponemos de una transparencia muy superior sobre lo que ganan realmente los artistas y lo que se quedan los intermediarios.

Por supuesto, ese mundo vive en paralelo con otras ofertas populares de pago. Hablamos, esencialmente, de las tiendas virtuales (iTunes, Google Play, Amazon Music), de las macro-tiendas físicas centradas en la música, la electrónica y el vídeo (Virgin Megastore, FNAC) y de los pequeños comercios especializados en grupos y estilos minoritarios como el jazz que cuentan con unos dueños capaces de asesorar y guiar a sus clientes. Es verdad que las tiendas medianas dedicadas en exclusiva a la música casi han desaparecido.

Las principales tendencias de futuro tienen que ver con la aceleración de la convergencia de las grandes plataformas de streaming y las redes sociales y con el desarrollo de nuevas fórmulas de streaming que incluirán vídeos que nos permitirán sumergirnos en la experiencia de un concierto mediante la realidad virtual o aumentada. Otras tendencias esenciales son la generación de nuevos productos y servicios personalizados gracias a los datos masivos, la utilización de la inteligencia artificial para componer parte de la música que consumimos y el ascenso en el mercado de un nuevo gigante del streaming capaz de amenazar a Apple y Spotify: Amazon. 

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