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En 1977 el psicólogo canadiense Albert Bandura emitió su teoría del aprendizaje social que defendía que la educación básica comenzaba por construir una sociedad sensible a los pequeños detalles de lo cotidiano.

Es importante que, para educar, sepamos comprender el amplio campo semántico de dicho verbo y no nos quedemos solamente en su acepción básica. Aprender conceptos, datos o fechas es importante, pero también lo es entender que el alumno, desde el de la educación básica hasta el que accede a la universidad, es un aprendiz, que todos somos aprendices y que es importantísimo que para acceder a dicho estadio hay que afrontar el hecho de que necesitamos una base para ello.

La base de la teoría del aprendizaje social fue puesta por el canadiense Albert Bandura en un experimento conocido como “El experimento del Muñeco Bobo” entre 1961 y 1963 en la Universidad de Stanford. En ella se hacía que niños de 3 a 5 años de la guardería de la Universidad vieran vídeos donde personas adultas maltrataban a un muñeco de plástico.  Después se les “presentaba” al muñeco y estos reaccionaban no solo con la misma violencia si no que encontraban, según el psicólogo, formas aún más crueles de maltratar y vejar al muñeco inanimado.

Con este experimento Bandura consiguió explicar que el trato social era un constructo aprendido y trasladado desde los adultos a los más pequeños, que copiaban lo que veían pensando que era lo correcto. Los alumnos acaban por imitar a sus profesores y estos no solo tienen que procurar trasladar los conocimientos de su asignatura si no que, también, tienen que ser modelos de conducta que sean una referencia que los alumnos puedan aprender y comprender.

Según la teoría del aprendizaje social la conducta es controlada por tres elementos reguladores:

  • Estímulos previos que provocan la conducta correcta o incorrecta.
  • La reacción que recibe nuestro comportamiento.
  • Las funciones cognitivas. Estamos menos dispuestos a resolver los problemas que nos plantea gente con la que hemos tenido algún tipo de enfrentamiento, aunque sea leve.

Gracias a esta teoría del aprendizaje social comprendemos mucho mejor la necesidad de tener referentes válidos y, sobre todo, de la influencia negativa que sobre el alumnado tienen las malas conductas. Expandiendo la base del pensamiento de Bandura llegamos a la conclusión de que las sociedades más cívicas y con referentes más aptos consiguen producir no solo alumnos más preparados e interesados por las materias en general si no, también, unos ciudadanos también más cívicos e integrados. En el seno mismo de nuestra organización social, por tanto, se encuentra nuestra primera escuela. En la que aprendemos las reglas básicas que, después, podemos trasladar a nuestra vida diaria y a nuestra experiencia académica básica y después a la más compleja.

Un ejemplo muy sencillo: hace algunos años los españoles que viajaban a Europa se sorprendían de que en muchos de esos países la gente recogiera un ejemplar de un montón de periódicos del kiosco y depositara el pago en un bote sin que la pequeña transacción fuera supervisada por el kiosquero. Las bicicletas sin candado o las puertas principales de las casas abiertas eran también motivo de sorpresa. La evolución de la educación en España ha permitido que los pequeños hurtos se reduzcan y que seamos un poco más cívicos.

Igual que las sociedades más cívicas son más tendentes a la integración, las aulas donde se observa el comportamiento social correcto son también las más adecuadas para crear el ambiente necesario que necesitan los alumnos para aprender más y mejor. Si el profesorado ejerce esa doble función de prescriptor educativo y de referente de comportamiento, se genera el entorno de comportamiento y se cuenta con los medios necesarios para una mejor educación, el alumno reaccionará siempre de la mejor manera posible, cuidará el material y, en general, se comportará mucho mejor. Un alumno integrado puede desarrollar mejor sus aptitudes y reconocer a la educación como un proceso continuo además de encontrar los recursos externos que le permitan crecer.

Para aprender, así como para vivir, necesitamos entornos abiertos que fomenten la convivencia y el aprendizaje de la mejor forma posible.

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