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Cinco puntos fuertes de la educación tradicional que deberíamos conservar en los nuevos planes de educación que vengan en el futuro.

La necesidad de un cambio en el paradigma educacional está en boca de todo el mundo. La educación tradicional pide un borrón y cuenta nueva en la forma en la que se ha estado educando hasta la fecha.

En contra de lo que pudiera parecer, y aunque sea verdad que es necesario desterrar viejos vicios y malas costumbres, lo cierto es que la llamada “educación tradicional” tiene algunas fortalezas que nos gustaría rescatar y poner de manifiesto para que puedan incorporarse a los planes educativos del futuro.

1. Ejercitar la memoria.

Aunque normalmente se achaca a la educación tradicional una nociva manía por confundir educar con memorizar, lo cierto es que no hay nada malo en ejercitar la memoria del alumnado de forma positiva. Quizás los nuevos planes de educación tengan como asignatura pendiente ofrecer técnicas de memorización que no sean solamente una forma de aprender datos que luego el alumno no comprenderá –lo que se conoce como “aprender de memorieta”-, sino que pueda servir como una herramienta útil para ejercitar intelectualmente al alumnado. Poco a poco, gracias a nuestros smartphones, vamos reemplazando nuestra capacidad de memoria a un segundo plano. Tenemos todos los datos que necesitamos sobre cualquier cosa al alcance de un click, pero memorizar es un estupendo ejercicio que nos ayuda en nuestra vida diaria, es imprescindible para automatizar procesos y, claro está, necesario para no ser dependientes de la tecnología.

2. Propuesta de mínimos.

La antigua educación tenía como base de la misma el ofrecer unos conocimientos básicos. Esos conocimientos básicos, en su momento, tenían como objetivo que cualquier chico o chica saliera del colegio habiendo adquirido un mínimo de conocimiento académico en ciencias (matemáticas básicas, leer, escribir…) y humanidades. Los planes educativos del futuro tendrán que ser muy escrupulosos a la hora de dar esta educación básica e implementarla y que cubran las necesidades mínimas de conocimientos para las generaciones venideras y abrir, del mismo modo, la puerta de la curiosidad hacia el conocimiento.

3. Un profesorado “todoterreno”

El antiguo profesorado, aquel que fue formado para los planes de estudios tales como la EGB, se formó –como su alumnado- de una forma muy básica, pero muy completa bajo una máxima que muchos antiguos profesores reconocen y que se resume en “saber un poco de todo”. Tradicionalmente, el profesorado de nuestro país ha trabajado con pocos medios, pero ha hecho virtud de esa carencia. A medida que nuestros profesores han ido especializándose, han abandonado paulatinamente la tradición de que el maestro tenía que servir para dar una clase de matemáticas y, a la hora siguiente, una de lengua española. Pese a lo lejanos que quedan esos días, lo cierto es que el nuevo profesorado deberá tomar nota de esa capacidad para adaptarse, para superar las dificultades del entorno y para encontrar motivación en su labor.

4. No dejar a nadie atrás.

Una de las virtudes de la educación tradicional es que estaba diseñada para no dejar a nadie atrás. Lejos de ofrecer un conocimiento que solo estuviera al alcance de los más preparados o más aptos, lo cierto es que los antiguos planes de estudio tenían como objetivo ser una especie de “tarifa plana” educativa que contribuyera a una formación homogénea de una población diversa. En tiempos en los que la tarea de la integración se hace más compleja, en tanto nuestra sociedad ha ganado en diversidad y complejidad, lo cierto es que uno de los grandes retos del futuro es, justamente, alcanzar ese objetivo de dar la misma educación a un grupo cada vez más diverso poblacionalmente hablando, con muchísimos más diferenciales –socioeconómicos, religiosos, políticos incluso- que hace tres décadas.

5. La práctica como base de la educación.

Desde comienzos de los 80, los colegios de EGB estuvieron equipados con laboratorios de ciencias donde los alumnos podían llevar a cabo clases prácticas. Desde entonces se incorporó la necesidad de aplicar, aunque fuera de forma muy simple, el conocimiento teórico al campo de lo práctico. Este fue uno de los puntos fuertes de los antiguos planes de educación que la nueva educación no puede dejar de aplicar.

Como cierre nos gustaría destacar el enorme esfuerzo que supuso la consecución de la EGB que, viniendo de una ley de 1970, pudo evolucionar positivamente y, sin duda, acabó con gran parte de la falta de escolarización, sirvió para reducir positivamente las cifras de analfabetismo y, durante mucho tiempo, cumplió con su objetivo de ofrecer una educación para todos.

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