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El futuro sugiere una expansión revolucionaria de la conectividad, de la aplicación de la informática cognitiva y de la capacidad para almacenar millones de datos y transformarlos en información útil.

La revolución del big data ha llegado no sólo a la gestión de las catástrofes naturales, sino también hasta la cobertura de esas mismas catástrofes en algunos de los países y regiones más pobres del mundo. Hablamos de colectivos que sufren con virulencia, y sin apenas medios para defenderse, las sequías, las inundaciones y los incendios que agrava y multiplica el calentamiento global. 

Antes de la revolución de los sensores que generan datos masivos y del software que permite convertir esos datos en información relevante mediante la inteligencia artificial, los agricultores y ganaderos de las regiones menos desarrolladas y más castigadas por la meteorología apenas podían asegurar sus cultivos o sus cabezas de ganado. No había forma de calcular casi en tiempo real los riesgos que corrían ni las probabilidades de que ocurriera lo peor. Estaban a merced de los elementos. Dependían de unos bienes para sobrevivir que podían sufrir un daño demoledor sin que nadie les indemnizase.

Esto ha empezado a cambiar, tentativamente, en los últimos años. Por ejemplo, el programa RIICE, en el que participa la multinacional Allianz Re, utiliza los satélites para vigilar los campos de arroz de algunos países asiáticos y estima las pérdidas potenciales de las cosechas de acuerdo a distintos escenarios. Las imágenes y los indicadores están disponibles en pocos días. En Kenia y Etiopía, las aseguradoras utilizan los datos de la mortalidad del ganado durante años y  unas imágenes y sensores que miden la evolución de la densidad de su principal alimento, es decir, el pasto. En México, los pequeños agricultores que cultivan grano se aprovechan de los datos asociados al clima y las semillas para cubrirse frente a las inundaciones

Por supuesto, el hecho de que hasta estos colectivos estén pudiendo acceder a los primeros seguros –muy poco a poco, todo hay que decirlo– nos da una idea de la revolución que está viviendo la cobertura de las empresas que gestionan grandes exploraciones agrícolas o ganaderas en todo el mundo. También apunta a lo que está ocurriendo con la cobertura de grandes infraestructuras y millones de viviendas frente a la elevación de las aguas o los terremotos.   

El futuro sugiere una expansión revolucionaria de la conectividad, de la aplicación de la informática cognitiva y de la capacidad para almacenar millones de datos y transformarlos en información útil, por ejemplo sobre las cosechas, los pastos, el ganado o los puentes, las casas y las carreteras. Esto no evitará las catástrofes pero, al menos, sus consecuencias no resultarán tan devastadoras para sus víctimas, un motivo para la esperanza en los países menos desarrollados del planeta.  

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