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La tecnología y el progreso siempre han provocado dudas en el ser humano. ¿Cómo afectará a la gente? ¿Será beneficiosa para los medios de producción? ¿Nos hará mejores?

Si Sócrates no dejó nada escrito en vida es porque fue un furibundo detractor de la escritura. Para el filósofo griego la popularización de la palabra escrita era una forma de debilitar la mente. ¿Quién volvería a memorizar nada cuando podía simplemente dejarlo escrito y revisitarlo cuando quisiera?

La tecnología y el progreso siempre han provocado dudas en el ser humano. ¿Cómo afectará a la gente? ¿Será beneficiosa para los medios de producción? ¿Nos hará mejores? ¿Más libres? ¿Nos esclavizará?

Entre 1811 y 1816 se produjo una virulenta reacción de los artesanos ante las hiladoras y los telares industriales popularizados durante la Revolución Industrial, los llamados luditas destruyeron muchos de aquellos telares, mucho más efectivos y rápidos, les dejaban sin trabajo. En un nivel más profundo, la Revolución Industrial acabó con una forma de vida: eliminando la organización por gremios, una forma muy precisa de fabricar y vender y, en definitiva, barrió del mapa a todo un sistema económico para fundar otro diferente que afectó a la construcción de ciudades, a la extracción de materias primas, a la aceleración del diseño industrial etc.

Cada inclusión de una nueva tecnología, más o menos pequeña (la rueda, la escritura, el telar industrial, el ordenador personal) supone un cambio del que, pocas veces, podemos calcular su impacto real.

A medida que nuestra tecnología se ha hecho más avanzada y compleja, nuestra relación con ella también se ha convertido en una cuestión cada vez más compleja. Lejos de acostumbrarnos a su presencia, seguimos pensando como Sócrates y, a veces, la vemos como una invención molesta cuando no como un elemento profundamente peligroso. Esta problemática relación ha llegado hasta nuestros días.

¿Alguien duda de la encrucijada moral en la que puso la invención de la bomba atómica en las sociedades de postguerra? Al ver los efectos de su invento, Robert J. Oppenheimer, musitó un verso hindú: “Ahora me he convertido en la muerte, destructora de mundos”.

El 19 de septiembre de 1995 los periódicos New York Times y Washington Post publicaban a la vez un extenso artículo de alrededor de 35.000 palabras firmado por un antiguo profesor adjunto de la Universidad de Berkeley llamado Theodore John Kaczynski titulado “Sociedad industrial y su futuro”. Por aquel entonces ni los editores de los dos periódicos, ni las autoridades sabían que el autor era Kaczynski, solo se le conocía por su seudónimo: Unabomber.

Desde 1978 hasta la fecha de la publicación del conocido popularmente como “Manifiesto de Unabomber”, este hombre había mandado un total de 16 bombas que habían tenido como objetivo a profesores universitarios y compañías aéreas. El coste de aquella campaña de violencia fue la de 3 muertos y 23 heridos de diversa consideración. Aunque fue detenido siete meses después, el 3 de abril de 1996, en una cabaña de caza instalada en el bosque de Lincoln (Montana) después de una de las investigaciones más costosas y largas que ha llevado a cabo el FBI,  Kaczynski había cumplido su promesa de detener su actividad terrorista en el momento en el que los dos periódicos accedieran a publicar su texto.

Un texto radical, en el sentido más puro y así debe leerse, que se mueve entre la brillantez propia de un cerebro con 183 de coeficiente intelectual que, sin embargo, acusa una fuerte paranoia y una fobia social enfermiza. Desbrozada la palabrería impulsada por la faceta maniaca del autor nos encontramos con interesantes ideas como la posibilidad de que la tecnología nos ponga en conflicto con nuestro lado más humano, afecte a nuestra percepción, nos empuje a un sistema donde el individuo se convierte en una pieza cada vez más prescindible del progreso y los peligros o la imposibilidad de escapar de las nuevas formas de totalitarismo basadas en, justamente, una tecnología cada vez más invasiva, más imperceptible.

El texto de Unabomber fue publicado hace 23 años. Mucho antes de que el crecimiento tecnológico nos pusiera a las puertas que existieran máquinas a punto de superar sin problemas el Test de Turing. Seguramente el terrorista no podía soslayar, como casi ninguno de nosotros, que dentro de poco tendríamos que hablar con nuestras máquinas, que nuestra relación con ellas, cada vez en mayor medida, se establecerá a partir de un diálogo en el que la máquina y el ser humano pactarán su espacio –tendremos que decidir sobre lo unidos que vamos a querer estar con ella-, “discutirán” sobre los límites de la privacidad y “negociarán” las parcelas en las que será necesaria la colaboración entre humano y máquina.

En un plano más artístico y menos político, en teoría, el Cyberpunk, un movimiento artístico y literario fundado por el autor canadiense William Gibson a mediados de los 80, está basado en la compleja relación con la tecnología y las dudas éticas que nos supone.

El término “Tecnoética”, de hecho, nace del arte y no de la política. Se lo debemos al artista y agitador cultural británico Roy Ascott que en 1968 inauguró una exposición llamada “Cybernetic Serendipity” en la que mostró todas las facetas posibles de la colaboración artística entre un ordenador y un artista.

La “tecnoética” nos ayuda a tomar una postura ética con respecto a la tecnología, aunque solo sea porque está presente en casi todas las facetas de nuestra vida. La responsabilidad de los creadores –crear una tecnología que no dañe al ser humano- y la de los usuarios –no hacer un mal uso de la misma- es el primer paso de un corpus que se convertirá en la disciplina filosófica del futuro y que, a su vez, también ayudará a las nuevas tecnologías (especialmente a la nueva IA) a comportarse de forma ética. Cuando Isaac Asimov publicó las tres leyes de la robótica –un código moral de obligado cumplimento para todos los robots del futuro que le impedían dañar a los seres humanos que le atribuyó a John W. Campbell Jr. (autor del cuento en el que se basa la película “La cosa” de John Carpenter) - seguramente no sabía que estaba dando los primeros pasos en “tecnoética” para “no humanos”.

Muchas son las iniciativas para educarnos en el uso positivo de las tecnologías. En Barcelona la gente de Educaires enseña a sus alumnos a construir drones que pueden ser usados con fines sociales.

En esa línea, intelectuales multidisciplinares como Jaron Lanier llevan ya algunas décadas abogando por la humanización de la tecnología y estudiando el efecto que esta tiene sobre nuestra conducta y la forma en la que ha alterado nuestra percepción. Es decir, planteando los límites de nuestra relación ética con la tecnología como aclaró en la charla que mantuvo en la presentación del número de la revista Telos de la que fue portada.

El crecimiento exponencial de la tecnología y el desarrollo de inteligencias artificiales cada vez más eficaces nos obliga al esfuerzo de movernos  rápido, estableciendo las normas para que la relación con nuestras máquinas sea lo más sana posible y que usemos todo este torrente de progreso en pos de una mejora de la calidad de nuestra vida en el planeta. Más allá de eso, y pensando en un futuro que seguramente no sea muy lejano, el desarrollo de la tecnoética nos ayudará a educar a las futuras hornadas de humanos, de inteligencias artificiales y robots para ayudarnos a nosotros, sus creadores. La posibilidad de una revolución de las máquinas, una amenaza extendida por la cultura de la ciencia ficción y que parecía uno de los temores de los neoluditas como Unabomber, debería de disuadirnos de no hacer los esfuerzos necesarios para estar preparados.

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