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Los rascacielos se han convertido, a través de las nuevas tecnologías, en uno de los iconos de las mayores transformaciones de la lucha contra el cambio climático.

Al principio, desde la Revolución Industrial, las torres más altas de las principales ciudades del mundo estaban diseñadas para resolver los graves problemas de espacio. Sin embargo, no tardaron en convertirse en símbolos de la capacidad técnica del país donde se construían, de la pericia de sus arquitectos y de la prosperidad y modernidad de sus moradores y propietarios. Llegábamos a Chicago o Nueva York en los setenta y ochenta y nos quedábamos asombrados ante su prosperidad y nivel de desarrollo.

En aquel momento y hasta los años noventa, a casi nadie le quitaban el sueño demasiado las emisiones de CO2. Y a los turistas menos que nadie. Lo principal era que los edificios fuesen altos, impresionantes y que compusiesen un skyline elegante y cosmopolita.

A finales de los noventa y principios del SXXI, la mayoría de la sociedad empezó a alarmarse con el cambio climático. Esas preocupaciones demandaban edificios más eficientes y que emitieran menos CO2. ¿Acaso no era cierto que los edificios consumían el 40% de la energía en muchos países desarrollados? Las cosas tenían que cambiar y muchos creían que los rascacielos debían liderar con el ejemplo.

Ahora mismo nos encontramos en ese contexto. Así se entiende que la Fundación Bill Clinton y el ayuntamiento de Nueva York decidieran reformar en profundidad el Empire State: desde 2009 han reemplazado sus más 6.000 ventanas, han instalado aislamiento detrás de todos los radiadores, han modificado la refrigeración y han incorporado nuevos sistemas de control. Los inquilinos pueden regular la temperatura de sus inmuebles por internet y se han distribuido nuevos contadores inteligentes. De 2011 a 2014, el Empire State ahorró probablemente más de siete millones de dólares en consumo de energía.

Una pequeña parte de este éxito se debe a la digitalización. A medio plazo, nos espera un escenario de edificios muy complejos donde las nuevas tecnologías ganarán cada vez más peso. Se necesitarán nuevas formas de construcción, nuevas maneras de organizar la reutilización de los recursos (como el agua que se obtiene de la lluvia) y nuevas maneras de gestionar la producción de energía mediante aerogeneradores o placas solares. Aquí la participación de internet de las cosas, la inteligencia artificial y las nuevas técnicas de construcción digital se volverá crucial.

Por eso, se está sucediendo la implantación de sistemas de gestión digital a distancia y de contadores inteligentes apoyados en las nuevas capacidades análisis que ofrecen la nube y el big data. Además, se espera que la inteligencia artificial aporte nuevas fórmulas para automatizar la gestión de los edificios y Dubái ha anunciado que construirá el primer rascacielos del mundo con impresoras 3D.

Muchos creen que las armas de la digitalización servirán para reducir las emisiones no sólo de los rascacielos, sino de todos los edificios de las ciudades. Es un desafío fabuloso.   

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