Economía

Es evidente que en los próximos años asistiremos a un aumento considerable de la población mayor. Si las cosas permanecen tal y como están ahora, esas personas no trabajarían; pertenecerían al colectivo de los jubilados.

En ese momento, dejan de contar como capital humano aunque, si lo desean, pueden dedicarse a cuidar a otras personas o a tareas de voluntariado. La sociedad no les da elección para mantenerse en el mercado laboral. Esto va a tener implicaciones a nivel macroeconómico porque se amplía considerablemente la diferencia entre la duración de la vida y la duración de la vida laboral. Durante su vida laboral, una persona ha de costearse su existencia no sólo mientras trabaja, sino también mientras se forma y mientras está jubilado.

 

Dos períodos, el de formación y el de jubilación, se están prolongando en los últimos años y esto tiene un impacto en la economía que hay que resolver para que la sociedad siga siendo sostenible y para que se puedan sufragar los gastos derivados de los problemas de salud asociados a una mayor longevidad. Para ello, es muy importante prolongar y optimizar la vida laboral. Cuando se desperdicia el capital humano a pequeña escala, podemos mirar a otro lado; pero cuando es a gran escala, no”, explica nuestro experto Eugene Kandel.

Conseguir esto no es una tarea fácil y, como destacan los expertos participantes en el Future Trends Forum sobre Longevidad, entran incluso en juego conceptos filosóficos. Por ejemplo, podría ser que la gente actúe con lógica si tiene la información necesaria o que no sea racional y requieran de incentivos.

Una solución en apariencia fácil sería vincular la edad de la jubilación a la esperanza de vida, pero es una medida que tiene muchos detractores. Uno de los aspectos que podrían revisarse es la vinculación actual del concepto jubilación con otros dos: el retiro obligatorio -una medida vigente en muchos países- y el derecho a una prestación en forma de pensión. Estas dos medidas van de la mano por pura lógica: si el despido es obligatorio al llegar a una cierta edad, la persona jubilada tiene que vivir de algo y ahí entra en juega la pensión.

¿Qué pasaría si ambos hechos no estuvieran ligados? Entre otras cosas, que podrían aminorarse las protestas registradas en numerosos países en torno al retraso de la edad de jubilación. Porque lo que genera más rechazo por parte de los trabajadores y futuros jubilados es el retraso de su derecho a la pensión. La medida tampoco gusta a los empresarios; el salario de un trabajador va aumentando con la edad, pero esto no sucede obligatoriamente con la productividad. A la edad de jubilación actual, los niveles de productividad varían ampliamente según cada persona y, si todas mantienen su empleo por ley -por un retraso unánime y obligatorio del momento del retiro obligatorio, requisito para cobrar la pensión- las empresas podrían encontrarse con personas que no contribuirían a la sociedad, sino que serían una carga para la misma. Así, los empresarios temen que la prolongación obligatoria de la vida laboral pueda implicar un aumento del coste de vida -porque suban los precios- o/y una disminución de la competitividad del país en los mercados.

Para Kandel, una posible solución sería desvincular los dos conceptos; que haya dos decisiones distintas que tomar:

- Por un lado, propone, los trabajadores tendrían que decidir a qué edad quieren acceder a la pensión y si prefieren retrasar este momento a cambio de que ésta sea más cuantiosa.

Por otra parte, habría que establecer una medida que permitiera a empresarios y empleados que fijaran un momento de la vida laboral para negociar los términos del contrato, las condiciones de trabajo y el salario. Es decir, que se pudiera renegociar el contrato como alternativa al despido

Lo lógico es pensar que todo el mundo va a querer trabajar más, siempre que cambie el concepto de trabajo. Se plantea la posibilidad de trabajar desde casa, acabar con el presentismo y tener más poder de decisión sobre la propia carrera, no dando por sentada una evolución determinada ligada al aumento de la edad.

Un problema que se plantea es que el aumento de la longevidad venga acompañado de una demanda masiva de empleo de los más mayores en los próximos años, demanda que podría además verse afectada por la robotización de algunos trabajos. Pero también está el campo de los cuidados, que crecerá exponencialmente y será un campo de oportunidad laboral.

Lo que claramente hay que evitar es que se castigue a las personas por seguir trabajando, porque lo que no tendría sentido es que alguien que voluntariamente retrase su edad de jubilación tenga que pagar más impuestos.

Se plantea un cierto temor a la robotización y a que esto implique una pérdida de empleos. Pero esto es algo que ha acompañado a la sociedad desde la revolución industrial y los temores se han mostrado infundados. De hecho, la única categoría de empleo que se ha perdido completamente es la de operarios de ascensores. En general, la robótica puede ayudar a muchas de las oportunidades laborales que necesitarán los más mayores y siempre habrá alguien que tenga que manejar esos robots, e incluso podrían ser los más seniors los más adecuados.

Por supuesto, la flexibilidad en la edad de la jubilación implicaría un cambio en las prestaciones gubernamentales, las pensiones y las bonificaciones fiscales, por lo que no sería un cambio de mentalidad fácil de llevar a la práctica, aunque sin duda constituye un reto interesante, sobre todo si se quiere fomentar el empleo y tener una sociedad más productiva. Es muy importante tener en cuenta que en la economía de la longevidad hay tres actores: el individuo, las empresas y el Gobierno y cada uno de ellos tiene que actuar de forma coordinada con los otros dos para compartir la carga de esta mayor esperanza de vida.

Implicaciones de una mayor longevidad: