Salud: ¿cuánto tiempo estaremos sanos?

Salud: ¿cuánto tiempo estaremos sanos?

El concepto “esperanza de vida saludable” (healthspan, en inglés) pretende responder precisamente a esa pregunta, que se puede también formular como cuánto tiempo podemos esperar estar sanos. Existe un término muy utilizado en demografía que es la distribución de la mortalidad. Se trata de una radiografía, una fotografía de cómo la muerte impacta en una determinada población. 

Si analizamos este parámetro en una población nacida en 1900, observamos una elevada mortalidad en bebés y niños, así como en mujeres que rondan la veintena - lo que refleja el alto número de fallecimientos en aquella época durante el parto-. Pero una vez pasadas esas franjas de edad, no era raro que se viviera hasta los 50,60 o 70 años. Las cosas han cambiado en la actualidad. A lo largo del siglo XX, el progreso humano ha logrado que disminuya drásticamente la mortalidad precoz, sobre todo al vencer a las enfermedades infecciosas.

 

Redistribuimos la muerte de los más jóvenes a los más mayores, se ha construido lo que podemos denominar como montaña de la mortalidad, un tipo de distribución que es la que hoy manda en la mayoría de los países desarrollados”, explica Jay Olshansky, uno de nuestros expertos. Esto quiere decir que, aunque el riesgo de morir ha bajado en el ser humano en términos generales, la trayectoria de la edad de la muerte nunca ha cambiado. Hay un patrón y es que el concepto de extensión de la vida está ligado a un empeoramiento de la salud en un punto de la distribución de la mortalidad.

Existe un concepto en el fútbol americano, que es la zona roja. En este juego, cuando la pelota llega a un determinado punto del campo es muy difícil que avance, porque la zona está plagada de defensas. Este concepto es aplicable a la longevidad, porque cuando la población alcanza una cifra elevada en esperanza de vida es muy difícil avanzar más. En esa zona roja, la fragilidad y la discapacidad se incrementan exponencialmente y el riesgo de muerte va aumentando cada pocos años. “Ahí está el dilema; hemos sido capaces de retrasar la edad de la mortalidad, porque ésta ha pasado de los 65 a más de 80, pero en ese periodo de alargamiento se han acumulado todos los problemas de salud”, apunta Olshanky.

La paradoja reside en que la gran mayoría de enfermedades que se dan en esta zona roja son precisamente consecuencia de haber aumentado la esperanza de vida. Son patologías que sólo pueden expresarse en esa ventana de edad. Somos testigos, por lo tanto, de un dilema, ¿vivir más o hacerlo menos tiempo, pero en buen estado de salud? Esto es algo que han estudiado fondo disciplinas como la Salud Pública y la Epidemiología que, de hecho, le han puesto incluso un nombre: riesgos competitivos.

Actualmente se ha tomado una aproximación casi universal al problema que consiste en atacar las enfermedades que se expresan en la edad tardía una a una. Buscar por lo tanto una cura a las patologías cardiovasculares, al cáncer o a la demencia es a lo que se dedica con ahínco la medicina en los últimos años. Algunos expertos se preguntan si ésta es una buena estrategia para aumentar la esperanza de vida saludable. Para Olshanky, la respuesta es negativa y la consecuencia de seguir por esta senda es exponer a los supervivientes de dichas enfermedades a nuevas patologías que a su vez impliquen discapacidad. “En mi opinión alargar la vida tal y como lo estamos haciendo es una estrategia dañina”.

La solución que propone el experto estadounidense y otros como él pasa por impulsar la llamada “ciencia gerontológica”, que se define como “la que se dedica exclusivamente a ralentizar el proceso biológico del envejecimiento.”, apunta Olshanky quien cree, que, sin embargo, lo primero será una consecuencia lógica de lo segundo.

Como en casi todo lo que se refiere a la longevidad, la ciencia dista de ser unánime en esta visión y existen varios puntos que la hacen, como mínimo, debatible. Se plantea por ejemplo si todas las enfermedades asociadas al envejecimiento implican necesariamente una disminución de la calidad de vida y, en caso afirmativo, si lo hacen por igual. También se plantea el nivel de tolerancia que existe en la sociedad en relación con la discapacidad.

Parece que la muerte es mejor que un diagnóstico de demencia”, advierte Aviva Sufian, experta del FTF, que subraya que éste “es un marco aceptado en salud pública que, sin embargo, hay que replantearse”.

El neurocientífico Antonio Damasio, también experto del FTF, apunta también a la simplificación que supone incluir todas las enfermedades que implican aumentar la fragilidad y la discapacidad en un único grupo. Aun reconociendo que patologías como la cardiovascular y el alzhéimer parecen tener una raíz común, es difícil estar de acuerdo en que ambas suponen el mismo grado de discapacidad, que impactan de la misma forma en la posibilidad de tener una vida más o menos larga y productiva.

Incluso si se acepta esta visión, la de apostar por la “ciencia gerontológica”, es imprescindible preguntarse: ¿existen intervenciones terapéuticas para retrasar el envejecimiento biológico en la actualidad? Lo que los datos y las publicaciones parecen afirmar es que actualmente creer en ellas es más una cuestión de optimismo o de fe que de evidencia científica.

Qué es Longevidad