Esperanza de vida

¿Cuál va a ser nuestra esperanza de vida?

Aubrey de Grey, experto del FTF, es muy optimista en lo que se refiere al aumento de la esperanza de vida del ser humano. Para él, la ampliación de la esperanza de vida es y “sólo puede ser” una consecuencia de la extensión de la vida con salud y, por lo tanto, en lo que se ha de trabajar y en lo que se centra la “ciencia gerontológica” es en los avances en salud.

 

Aubrey de Grey no coincide en un punto importante con Jay Olshansky. A su juicio, al hablar de un concepto unitario llamado “proceso de envejecimiento” se corre el riesgo de buscar “balas mágicas”; estrategias sencillas que busquen una especie de método mágico para ralentizar el envejecimiento.

¿Cuál sería, entonces, la manera correcta de abordar el problema? Para él, se ha de recurrir a una estrategia bélica clásica, el divide y conquistarás. Se trata, en otras palabras, de priorizar la estrategia preventiva. “Debemos examinar, caracterizar y atacar el aumento de distintos tipos de daños que se acumulan en el cuerpo, pero partiendo de la base de que lo que llamamos daño es una consecuencia de la acumulación de cambios inherentes a la vida; modificaciones que ocurren a nivel celular y molecular que el cuerpo está dispuesto a tolerar, pero sólo hasta cierto punto, y que llegará un momento en que no los permitirá más”, resume.

No se trata por lo tanto de una aproximación tan unitaria como pudiera parecer en un principio, pero está más cerca de ello que la tradicional de atacar una enfermedad cada vez. “Afrontamos muchos problemas, pero es, al fin y al cabo, un número manejable de problemas”, enfatiza. De nuevo se vuelve a hablar de intenciones más que de realidades, porque el experto expresa su “creencia” en que en un futuro próximo dichos problemas puedan ser resueltos con la medicina.

Estas intervenciones aún teóricas no sólo servirían para ayudar a las personas que llegan a los 80 o 90 años biológicamente sanos, sino también para las que enferma a los 60 o 70 años de edad.

Porque algo que sí parece haber demostrado la ciencia es que, aunque la esperanza de vida cambie en distintas personas, los tipos de daño que se acumulan antes de morir son los mismos. Es decir, se enferma con las mismas patologías, aunque hay quien lo hace antes y quien lo hace después. “Esto es una buena noticia, porque significa que deberíamos ser capaces de desarrollar terapias rejuvenecedoras que funcionen para todo el mundo, aunque tengan que aplicarse antes, después o con más o menos frecuencia”, sostiene el experto.

De nuevo se resalta que dichas intervenciones son, de momento, pura teoría, aunque se reconoce que sería importante establecer un marco temporal. Pero, ¿es posible hacerlo? Ni el más firme defensor de su advenimiento lo cree y, de hecho, habla de que cualquier fecha que se señalara sería meramente especulativa. Sin embargo, De Grey cree positivo que cada experto en su área formule la predicción que pueda, señalando siempre, eso sí, su carácter especulativo. La razón por la que hay que aventurarse a poner una fecha, aunque se desconozca por completo, tiene que ver con la percepción de la sociedad de que, sin ese marco temporal, la derrota del envejecimiento es ciencia ficción. “Si dejamos que la sociedad se quede con esa actitud fatalista, no sólo estamos fomentando un mundo en el que cada vez haya más enfermedades como el alzhéimer, sino que también viviremos un retraso del momento en que esas terapias lleguen a la práctica clínica”, opina el cofundador de SENS.

Detrás de este pensamiento está la importante financiación que requiere la medicina del envejecimiento y que hay que buscarla tanto si la posibilidad de desarrollar esos tratamientos es del 50% en 20 o 30 años -su apuesta personal- como si puede pasar un siglo hasta que se consiga.

La tesis de que el envejecimiento va a poder ser tratado como un ente con unas terapias que se están estudiando y sobre las que no existe aún ninguna evidencia, genera controversia en la comunidad científica, como se puso de manifiesto en el Future Trends Forum de la Fundación Innovación Bankinter.

Incluso dando por buena la hipótesis de este desarrollo, existen asuntos controvertidos en torno a él. El CEO y cofundador de la compañía Aging2.0, y experto del FTF, Stephen Johnston, se pregunta si esta aproximación -de la que se ha subrayado su coste económico- será algo para pocos o será una intervención con un impacto amplio en la sociedad. La pregunta es muy oportuna si se tiene en cuenta que la medicina que hoy se aplica a las personas mayores es extremadamente cara y está restringida a la habilidad para pagar que tenga cada uno, sobre todo en sociedades donde los sistemas de seguridad social no son especialmente protectores.

Para De Grey, esto no va a ocurrir con la medicina preventiva del envejecimiento, porque la principal diferencia con la actual es que, en su opinión, ésta última no funciona. “Es una medicina que puede posponer ligeramente la muerte, pero el fallecimiento se produce al final”, sostiene.

Sin embargo, ¿qué pasaría si la intervención terapéutica antienvejecimiento funcionara? La lógica dicta que permitiría que personas cronológicamente enfermas nacidas hace mucho tiempo pudieran estar de repente en un buen estado de salud. Esto implicaría un doble ahorro:

1. Por una parte, se dejaría de gastar dinero en terapias que no funcionan, se ahorraría el dinero que se gasta en “mantener a gente enferma viva”.

2. Por la otra, esas mismas personas pasarían o volverían a ser productivas.

Esto hace muy obvio que estas terapias, incluso si fueran muy caras, se pagarían por sí mismas rápidamente”, afirma De Grey, que define como “económicamente suicida desde una perspectiva social” no ponerlas a disposición de cualquiera que sea lo suficientemente mayor para necesitarlas de forma totalmente gratuita.

Aunque se especula con el elevado precio de las aún inexistentes terapias antienvejecimiento, ya existe un tratamiento que va a empezar a ser probado en un ensayo clínico y tiene un bajo coste. Se trata de la metformina, una molécula ya utilizada en el tratamiento de la diabetes para ensayarse como medicamento antienvejecimiento. Así, el estudio TAME, dirigido por el especialista del Albert Einstein College of Medicine, Nir Barzilai en colaboración con la Federación Estadounidense para la Investigación en Envejecimiento (AFAR), evaluará esta molécula en 3.000 voluntarios, que la consumirán durante seis años para observar si sirve también para alargar la esperanza de vida. “Va a empezar a probarse el año que viene y el coste es mínimo; si funciona, sería barato y estaría disponible para todo el mundo”, señala Olshanky. Este experto, no obstante, cree que el hecho de que algo sea caro no ha de ser un obstáculo para que se persiga y recuerda que muchos de los avances clave en la salud pública de los últimos 200 años no se han repartido desde el principio de forma igualitaria, incluyendo la salud, el agua o la educación, entre otros.

En definitiva, aunque existen desacuerdos científicos sobre la posibilidad de alargar la esperanza de vida acompañada de una buena salud, todos los actores implicados parecen converger en la necesidad de disminuir lo que se ha definido como zona roja. “La divergencia está más en los mecanismos específicos y la aproximación científica para conseguirlo”, apunta Chris Meyer.

La ciencia está, sin duda, trabajando en ello y, entre otros estudios, cabe destacar la Encuesta Longitudinal sobre Longevidad Saludable que, llevada a cabo en China, está financiada por fondos de los Institutos Nacionales de la Salud de EEUU y evalúa a centenarios que han llegado a esa edad en buena estado de salud, teniendo en cuenta su genética, su comportamiento y la esperanza de vida que se podía esperar en ellos, algo que dará mucho luz sobre esta ciencia que aún está en pañales y que ayudará a responder a la pregunta que todo el mundo se hace: ¿cuál será nuestra esperanza de vida?

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