La pandemia del Covid-19 nos pone en un escenario de crisis global. En estos días se persigue la erradicación del virus, que la crisis no dañe la estructura social y todo siga funcionado, incluida la formación.

Entre 1918 y 1920 una pandemia provocada por la mal llamada “Gripe Española” acabó con la vida de 50.000.000 millones de personas. La pandemia que se extendió en tres oleadas distintas convivió hasta 1919 con la I Guerra Mundial, que terminaría ese año dejando tras de sí 20 millones de víctimas.

El efecto de aquellos dos trágicos acontecimientos no solo tuvo un efecto destructivo en lo meramente demográfico. La economía se resintió por el desgaste del gasto de guerra pero, también, por la alteración de los flujos migratorios que provocó la enfermedad y, como no, el efecto directo sobre la mano de obra que tuvo la aniquilación del 2.7% de la población mundial.  

Pese a ello, en 1920 el mundo comenzaba un nuevo proceso de reconstrucción y de afianzamiento económico basado en una nueva industria aparecida a la luz de los descubrimientos científicos y de la eficacia producida por las necesidades de producción del conflicto bélico.

En el campo de la cultura la guerra también supuso un enorme parón. El desarrollo primigenio de las llamadas vanguardias (en la pintura, la literatura o la arquitectura) se vio detenido durante la guerra, pero florecería a partir de 1921 y lo hizo para quedarse. Una revolución que alcanzó también de forma global a la cultura popular que abrazaría el Jazz (el género más influyente), una revolución en las artes escénicas, en el entretenimiento y, como no, en la educación.

En Italia, María Montessori comenzaría a desarrollar su método educativo (El Método Montessori) a finales del siglo XIX. Entre 1912 y 1917 publicaría “El Método Montessori” y “Desarrollo del método Montessori” donde explicaba su especial filosofía educativa basada en el cuidado físico del alumno (higiene, salud etc.) y la potenciación de su enorme potencial de aprendizaje que, según la italiana, está presente independientemente de la situación socioeconómica del alumno.

María Montessori se abriría las puertas de los Estados Unidos con la publicación de su primer libro que llamó la atención de Graham Bell, que se convirtió en un valedor del método educativo y en el cofundador de la American Montessori Society, y de la administración del presidente Woodrow Wilson.

Aquí, en España, una nueva pedagogía impulsada por Francisco Giner de los Ríos y Joaquín Costa se materializaría en un nuevo enfoque sobre la enseñanza y en la creación de la Institución Libre de Enseñanza que ya en los 20 tendría una influencia gigante en la explosión cultura española y una influencia definitiva en la Generación del 27.

En Inglaterra o en Estados Unidos, desde el final de la Guerra Mundial, comenzó a desarrollarse la necesidad de formar a unas generaciones golpeadas por el conflicto. Además, tras la pandemia, el regreso de los soldados a casa provocó un boom de nacimientos que hizo que tuviera que reformarse la escuela primaria y que se potenciaran institutos y universidades de forma pública para atender a las necesidades de la juventud de postguerra que quería aprender y acceder a la formación superior. La llamada “progressive education” fue la que marcaría el desarrollo educativo que sería luego esencial para los duros años que supondrían el crack del 29 y la II Guerra Mundial posteriormente.

En la actualidad, es pronto para plantearse los daños que planteará la pandemia del COVID-19 en la economía y los cambios de paradigma que podrá provocar el efecto de un planeta que, por primera vez desde la crisis del 73, vive en una clara situación de retroceso que ha empequeñecido a la enorme crisis de 2008.

El objetivo es doble: conseguir parar la infección y minimizar el efecto que las duras medidas que se han tomado para detener la infección. En pocos días hemos visto cómo la mecánica social se interrumpía, un chirrido de los engranajes del mecanismo que ha frenado por completo y que nos ha llevado a permanecer en nuestro domicilio el mayor tiempo posible y a que se haya suspendido toda actividad laboral que no sea considerada como imprescindible.

La educación ha sido una de las actividades más perjudicadas por este brusco cambio de la situación. Las clases siguen siendo presenciales y ni alumnos, ni profesores pueden acudir a los centros. Es por ello que, al igual que se ha favorecido el teletrabajo en muchas empresas, la administración central y las administraciones autonómicas han puesto en marcha planes para que los alumnos puedan seguir su educación que, si ya sabíamos que iba a ser una de las bazas importantes para los años venideros, se hace ahora completamente imprescindible.

La Comunidad de Madrid fue la primera en suspender las clases el 9 de marzo. La medida, que comenzó con la duda sobre si los profesores y el personal no académico tendría que acudir a los centros pese a no haber alumnos. La medida fue suspendida antes de 24 horas para hacer efectiva, durante 15 días naturales, el establecimiento de clases on line a través de la plataforma ofrecida por Google y el apoyo de empresas como Microsoft que ha cedido sus plataformas digitales a la de la comunidad llamada EducaMadrid que, desde el 17 de este mismo mes, soporta un tráfico diario de 650.000 visitas y una renovación digital paralela para asegurar que, en los días posteriores hasta el restablecimiento de las clases normales o en caso de que se alargue el periodo de cuarentena el sistema pueda funcionar de la mejor manera posible.

En Valencia, la consejería de Educación, ha puesto en marcha el Plan Mulan que articula 4 portales educativos que están divididos por unidades escolares para no sufrir colapsos que, en estos primeros días de uso, son bastante habituales todavía. Los portales darán servicio a alumnos de ESO, FP, Básica y a Bachillerato.

En otras comunidades, como Aragón, la experiencia está resultando altamente satisfactoria porque la región ya estaba, desde hace tiempo, preparando a su profesorado para impartir clases no presenciales.

En el ámbito universitario las instituciones privadas como el IE School o la Universidad Camilo José Cela han puesto a rodar sus propios campus virtuales donde quieren ofrecer clases a todos sus alumnos. Por su parte, las universidades públicas madrileñas (Complutense y UAM) han decidido retrasar el calendario quince días y aprovechar estos primeros compases de la crisis del coronavirus para adaptarse a su alto número de alumnos y resolver los problemas que plantean las carreras que necesitan de actividades presenciales que van desde la Biología a Bellas Artes.

Se espera que, en las próximas fechas, se tendrá delimitado un plan de acción porque la premisa de las instituciones es no dejar a ningún alumno atrás y se cuenta con que cerca de un tercio del alumnado no cuenta con una conexión a internet propia para acceder a los cursos en línea.

El resto de las universidades públicas del resto de España han decidido también seguir estos pasos y suspender sus clases hasta el 27 de marzo (algunas más tarde) en previsión de poder delimitar planes para absorber el mayor número de alumnos y solucionar el espinoso asunto de las actividades presenciales.

Todas las plataformas educativas, sean de colegios, institutos o universidades, necesitan una serie de rasgos imprescindibles:

  • Lo primero es contar con la tecnología necesaria. Servidores con capacidad suficiente como para soportar el flujo de la información y el acceso simultáneo de cientos de miles de alumnos. Recordemos que, hasta la fecha, la educación online se había propuesto como una herramienta de apoyo y de complemento a la educación presencial, o para alumnos que no pudieran acudir a las clases. Es decir, las plataformas educativas instaladas no están pensadas para soportar a un 100% de los alumnos y se fijaban objetivos más modestos.
  • Como es entendible, las clases online plantean un reto para el alumnado, que no puede ser controlado por el profesorado, y también para los profesores que se están formando rápidamente en metodologías más adecuadas para este tipo de educación a distancia. La reorganización de los grupos de alumnos y la estructuración de los contenidos de una forma atractiva que capte la atención y la propuesta de interacción continua es completamente esencial.

Más allá de eso, en nuestro país, todos los centros educativos tienen firmados acuerdos con Microsoft para usar su software y su Microsoft Teams. Otros como Blackboard o Moodle tienen también una gran aceptación.

El reto de conseguir una educación que siga funcionando pese a las circunstancias, que el ciclo de aprendizaje no se detenga y se adapte a las circunstancias temporales, pero que, claro está, quede ya definido para alcanzar a un número mayor de alumnos es más necesario que nunca. Seguramente la voluntad de todos nosotros porque pase pronto la pesadilla será la mejor palanca para hacer que todo vuelva a moverse si no con normalidad, sí con la suficiente celeridad para ser efectiva y útil.

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