Fundación 23 Abr 2021

Investigación, desarrollo e innovación: tres motores que están transformando el mundo

Generar nuevos conocimientos que revolucionen sus ámbitos de actuación es una misión compleja pero de capital importancia.

La tríada investigación, desarrollo e innovación, bajo las siglas I+D+i, se ha convertido en un elemento esencial no solo desde el punto de vista económico. También es un pilar clave en la búsqueda de soluciones a los retos que afrontamos como sociedad.

Las empresas, especialmente las que superan cierto tamaño, prestan cada vez más atención a la implementación de departamentos propios en los que se lleven a cabo estas tareas. En un mercado en constante evolución y con una demanda inmediata, carecer de este tipo de iniciativas internas aboca a recurrir a los servicios de otras empresas que sí las llevan a cabo.

No solo eso. Dimitris Bountolos, Chief Information & Innovation Officer de Ferrovial y miembro del consejo asesor del Future Trends Forum, destaca que en la actualidad “la investigación tiende a concentrarse en centros de investigación, en instituciones cada vez mas especializadas y con más foco en prescribir —de manera agnóstica en muchas ocasiones— las tendencias en torno a determinadas tecnologías”.

Pese a la existencia de este tipo de hubs de investigación, algunos estudios apuntan que contar con un departamento funcional y productivo de I+D+i hace más fácil adoptar y beneficiarse de los progresos de otras compañías en el mismo ámbito, llegado el caso.

Con el paso de los años, la inversión en I+D+i tiene un impacto directo en la competitividad y el futuro de una compañía. Sus actividades no tienen en mente un beneficio inminente, sino que ponen el foco en la rentabilidad a largo plazo de la empresa. De ahí esa relación tan cercana con su evolución.

La competitividad de la empresa depende en buena parte de su capacidad para innovar en los servicios y productos que ofrece.

Cabe matizar que el sector y el tamaño de la empresa son determinantes a la hora de decidir la viabilidad de estos departamentos y si realmente es necesario generar este tipo de actividades dentro de la casa. Por ejemplo, las grandes tecnológicas o las compañías del sector sanitario son algunas de las que más esfuerzos dedican al I+D+i, debido a su carácter más vanguardista y experimental. 

Según los datos recogidos por el EU Industrial R&D Investment Scoreboard, las empresas de tecnología de la información (productos y servicios) concentran un 40% de la inversión total en I+D, seguidos del sector salud, con un 20,5%, y el de automóviles y transporte, con un 16,3%.

Pero estas prácticas no están al alcance de cualquier empresa. Para iniciativas de pequeño o mediano tamaño puede ser más rentable externalizar estos servicios y asumir los costes, menores que lo que supondría mantener un departamento propio de manera permanente.

En cuanto a países, Estados Unidos lidera la inversión en I+D+i, seguido de la Unión Europea y China. Estos países han encontrado un círculo virtuoso en el que las inversiones en investigación reportan un buen número de patentes que, a su vez, se traducen en productos o servicios que generan un retorno de la inversión inicial. 


La investigación: un territorio por explorar

La investigación es la primera fase del proceso y también la más imprevisible. Cuando se inicia una investigación sobre una determinada materia, los equipos que la llevan a cabo tienen una visibilidad prácticamente nula de si alcanzarán alguna conclusión productiva o si se trata de un callejón sin salida. Es una aventura de resultado incierto pero necesaria.

Durante esta etapa, el objetivo es claro: la obtención de nuevo conocimiento que permita, en la siguiente fase de desarrollo, crear nuevos productos o servicios o mejorar los que ya se ofrecen. Como señala Dimitri Bountolos, “la motivación que tracciona la investigación debe apoyarse en la exploración, la intersección de disciplinas y el abordaje de problemas desde ángulos no convencionales”.

En este punto existe una diferenciación interesante entre lo que sería la investigación de perfil tradicional, que persigue una mayor comprensión sobre un concepto determinado, frente a la investigación aplicada, que trata de que la comprensión de ese concepto tenga una aplicación real en un desarrollo. Esta segunda variante conlleva una mayor inversión económica, mientras que la primera es más costosa en cuanto al tiempo que requiere.


El desarrollo: un punto de vista práctico

Si bien podría decirse que las fases de investigación e innovación tienen un trasfondo profundamente científico, la de desarrollo enraíza en el contexto económico. 

Cuando la fase de investigación alcanza resultados concluyentes, los equipos de desarrollo, generalmente compuestos por ingenieros, tratan de llevar el conocimiento a una realidad práctica a través de la creación u optimización de productos y servicios, o al diseño de nuevos procesos y sistemas de producción que mejoren la competitividad de la empresa, siempre con una perspectiva de mercado.

Como señala Bountolos “los modelos de desarrollo han evolucionado notablemente en los últimos años, aplicando al mismo tiempo estándares y metodologías orientados a la iteración, al desarrollo ágil y a la reducción de la incertidumbre en esta fase, en la que se incorporan cada vez más perfiles y disciplinas”.

Mejores materiales, tecnologías más eficientes o procedimientos más económicos pueden ser también algunas de las aplicaciones de estos desarrollos, que no siempre se orientan exclusivamente a la generación de una nueva línea de producto o servicio.


La innovación: el cierre del círculo

Si en la fase de investigación se invierte tiempo y dinero para obtener y profundizar en un determinado conocimiento, en la innovación podría decirse que lo que se invierte es conocimiento, con el fin de obtener un rendimiento.

En Fundación Innovación Bankinter hemos alcanzado una definición de innovación que es perfectamente aplicable aquí: “Son ideas originales que generan valor, social o económico, de forma sostenible”.

Dimitri Bountolos comparte esta visión: «La innovación es la capacidad de entregar valor de un modo tangible a través de la puesta en valor de capacidades, procesos, tecnologías, de un modo novedoso y no convencional».

En el caso de Ferrovial, Bountolos nos explica que sus procesos de innovación se plantean desde la perspectiva de los «horizontes», desde el «disruptivo al incremental». Se trata un proceso continuo en el que la búsqueda y la experimentación son constantes y la investigación tiene un foco potencialmente práctico. “En el disruptivo buscamos experimentar pronto y ganar confianza acercando el horizonte de plausibilidad. En el táctico estamos mas enfocados en la capacidad de escalar y consolidad el despliegue de una solución innovadora”, relata el Chief Information & Innovation Officer de Ferrovial.

La innovación se lleva a cabo a través de actividades, es sinónimo de acción. Se invierten los conocimientos obtenidos en llevar un paso más allá los servicios de una empresa, los productos que ofrece, para transformarlos en algo nuevo que aporte valor.

Y este valor no tiene por qué ser únicamente económico, como decíamos. La innovación tiene un nexo profundo con la confrontación de los grandes retos de nuestra sociedad y es el camino para darles respuesta y aportar soluciones que, verdaderamente, consigan esa transformación hacia un futuro más sostenible a todos los niveles.
 


Investigación, desarrollo e innovación son tres hitos de un sistema circular. Los conocimientos que obtenemos en la investigación son la base de los productos y servicios que desarrollamos, y el capital que invertimos a la hora de innovar y llevar esos productos y servicios al siguiente nivel.

La importancia de la inversión en las fases de investigación y desarrollo tiene una relación directa con factores económicos clave como la productividad o los beneficios. Las cifras son claras a este respecto: por cada dólar invertido en I+D+i, hay un retorno que duplica esa inversión.

Entender el I+D+i como un lujo es cosa del pasado. Esta tríada se ha convertido en uno de los grandes motores de la prosperidad y el cambio económico y social, así como en el impulsor definitivo de la competitividad para las empresas. Una receta que, en último término, redunda positivamente en toda la sociedad.

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  • Javier de Felipe
    Javier de Felipe

    Profesor en Cajal Blue Brain