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El profesorado se enfrenta a una de las mayores transformaciones a las que se ha enfrentado su sector. Analizamos cómo serán los profesores del futuro.

El pasado febrero se anunciaba el programa de “inducción a la profesión” que obligaría a los maestros a pasar un año de prácticas obligatorias en las escuelas para poder acceder definitivamente a su plaza. Las prácticas tuteladas de tres a cinco semanas desaparecen en favor de esta medida que afecta a los futuros profesores de primaria y secundaria (estos últimos alumnos del Master de Formación de Educación Secundaria). Con esta decisión se quiere mejorar el aterrizaje de los futuros profesores en sus puestos de trabajo pero, también, asegurarse de que la formación práctica que reciban de los profesores ya en ejercicio servirá como complemento de su propia educación.

Un pequeño paso, el de la educación práctica del profesorado, que ha quedado velada por el impacto de la crisis del Covid-19 que, a su vez, ha revelado la necesidad de que nuestro sistema educativo esté preparado para cualquier contingencia. La instalación de urgencia de los sistemas on-line para dar clases en nuestro país ha desvelado que el profesorado actual tiene que estar completamente preparado para abrirse a una pedagogía donde el manejo de la tecnología y el conocimiento de los recursos que pone al alcance de profesorado y alumnos es no ya necesaria, es completamente vital

El maestro y el profesor del futuro tienen que ser “techies”, es decir, tienen que estar familiarizados con todos los avances en su campo, que ya se cuentan por cientos, e incorporarlos a una metodología mucho más interactiva.

La docencia, que ya ocupaba un papel fundamental, apenas reconocido en muchos casos, se ha convertido en una cruzada vital y en un campo de interés. La competencia, por tanto, en términos laborales aumentará sensiblemente y los profesores más adaptados a las nuevas circunstancias serán los que tengan más fácil encontrar trabajo.

Lo profesores bilingües, por ejemplo, tendrán muchas más facilidades para encontrar trabajo en nuestro país porque los idiomas siguen siendo una de las facetas que nuestro país quiere reforzar de cara al futuro. En la Comunidad de Madrid, por ejemplo, la implantación de los centros educativos bilingües hizo que se pusieran en marcha programas para la formación en idiomas del profesorado.

El cambio de nuestra sociedad, mucho más plural en términos culturales gracias a la inmigración, hace que los profesores tengan que enfrentarse desde hace años a un alumnado completamente diverso que, en algunos casos, puede incluir colegios donde hay niños de 10 o 12 nacionalidades diferentes. El profesor, por tanto, tendrá que estar al corriente y conocer las culturas de las que provienen sus alumnos. Cualquier tipo de formación en el conocimiento de minorías o culturas extranjeras será bien recibido.

También tendrá que ser más científico. Y no nos referimos a que tenga que tener una formación específica en ciencias, nos referimos a que el nuevo profesorado tiene que ser capaz de aplicar la epistemología científica, tiene que investigar, desarrollar su labor observando y procesando el impacto que su trabajo tiene sobre sus alumnos. En definitiva: tiene que ser abierto y abandonar las viejas creencias educativas para aplicar métodos nuevos y desarrollar los propios.

La progresiva pérdida de prestigio de la profesión ha sido una batalla perdida para las administraciones educativas de nuestro país, y recuperar el espíritu de un importante colectivo se hace ahora crucial, apoyándolos en un momento en el que han demostrado ser capaces de seguir con su trabajo pese a las adversidades. No olvidemos que maestros y profesores han estado al pie del cañón formando la primera línea de funcionarios que ha permitido que todo siguiera funcionando.

Esta pérdida de prestigio, paradójicamente, coincide con una especie de hiper derivación de la responsabilidad educativa en el profesorado. Sí, es verdad, tienen el porcentaje más alto en el éxito o fracaso de la formación de los alumnos, pero, también, la responsabilidad de toda la sociedad y la nuestra como individuos en la educación de las generaciones más jóvenes –en el civismo, en su trato con los mayores, en su capacidad para vivir colectivamente- se ha diluido y se ha dejado al colectivo un poco solo, a veces, en una batalla que les ha superado. Otra de las capacidades del profesor del futuro será su capacidad para explicar su trabajo y para hacer partícipes a otros de la formación educativa de los alumnos.

El profesor del futuro, de todas formas, tendrá que saber recuperarse de esa pérdida de prestigio (un fenómeno incomprensible y que se ha producido de forma casi transnacional) y encontrar el modo de recuperar la autoridad perdida. Su mayor enemigo no es esa ola de pérdida de credibilidad en sí, su enemigo principal es que Internet ha puesto al alcance de cualquiera un torrente de información. Es por ello que el profesorado tiene que ser capaz de convertirse en la guía para que mucha gente sepa administrar correctamente toda esa información y usarla en beneficio propio y colectivo.

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