Ciudades

De las smart cities a las ciudades sabias: cómo cambia el paradigma de las urbes del futuro 

De las smart cities a las ciudades sabias: cómo cambia el paradigma de las urbes del futuro 

Un nuevo enfoque integrador, humano y sostenible que pone a las personas en el centro para un cambio cultural y de gobernanza.

En los últimos años, la narrativa urbana ha girado en torno a la idea de las smart cities, espacios que prometían optimizar cada recurso mediante sensores, datos y algoritmos. Sin embargo, tal y como apunta Megatrends 2025 de la Fundación Innovación Bankinter, estamos asistiendo a un nuevo salto de paradigma: la transición de ciudades inteligentes a ciudades sabias. En este nuevo concepto, la tecnología deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en un medio al servicio de un desarrollo urbano sostenible e inclusivo.  

Desde sus inicios, el modelo de smart city ha apostado por fuertes inversiones en infraestructuras y servicios inteligentes, creyendo que la mera adopción tecnológica bastaría para resolver los retos urbanos. La experiencia demuestra lo contrario: proyectos impulsados sin una vinculación clara con las necesidades locales, afectados por la rápida obsolescencia de las soluciones, o condicionados por convocatorias de financiación externalizadas que imponen enfoques ajenos al modelo de ciudad deseado, han generado un escaso retorno social y económico. Muchos de estos desarrollos nunca llegaron a ser apropiados por la ciudadanía, quedando inconclusos o subutilizados a los pocos años. 

Dicho esto, el ideal propuesto por las smart cities es positivo y ciudades como Medellín, en Colombia, demuestran las posibilidades ofrecidas por la tecnología cuando se orienta al servicio ciudadano. Con 2,5 millones de habitantes, el proyecto “Medellín Digital” instaló 40 cámaras de foto-detección capaces de leer un millón de matrículas diarias, 80 cámaras de visualización, 22 paneles informativos, sensores en 600 intersecciones y monitorizó 6.000 autobuses. Los resultados fueron notables: una reducción del 35 % en la tasa de accidentes por cada 10.000 vehículos y 200.000 horas menos de congestión en 2014 respecto a 2010. No obstante, el siguiente paso implica emplear este legado para trazar la hoja de ruta hacia una ciudad sabia, donde la meta sea el bienestar colectivo y no solo la eficiencia del tráfico. 

Del entusiasmo tecnológico a la necesidad de un nuevo paradigma urbano 

A esta falta de orientación estratégica se suma un desafío estructural: la urbanización global. Según Naciones Unidas, la mitad de la población mundial ya vive en ciudades, y se estima que esta proporción alcance el 68 % para 2050. A pesar de ocupar tan solo el 3 % de la superficie terrestre, las áreas urbanas concentran el 75 % de las emisiones de gases de efecto invernadero. Esta dicotomía —gran peso demográfico y climático frente a un suelo limitado— sitúa a las ciudades en la encrucijada de un reto histórico: ¿cómo crecer sin comprometer el bienestar de sus habitantes ni el equilibrio del planeta?  

Conceptos como las ‘ciudades de 20 minutos’, acuñados por Bernard Salt, abren la puerta a un modelo suburbano equilibrado, en el que residencia, trabajo y ocio convivan a menos de un cuarto de hora de distancia, reduciendo el tráfico y fortaleciendo la economía local. No obstante, hace falta dar un paso más allá en dirección de una visión que integre realmente todos los elementos que forman la vida de las ciudades

Es en este contexto que nace la noción de ‘ciudad sabia’, un concepto que trasciende la eficiencia tecnológica para incorporar una perspectiva holística del territorio y la gente que lo habita. “Una ciudad inteligente optimiza recursos mediante la tecnología, mientras que una ciudad sabia va más allá: incorpora sensibilidad territorial, inclusión social y visión a largo plazo”, explica Alfonso Vegara, fundador y presidente honorario de la Fundación Metrópoli. “Nosotros – matiza el experto – entendemos las ciudades sabias como ecosistemas que aprenden, conectan innovación con identidad local y ponen la calidad de vida en el centro”. 

Por tanto, las ciudades sabias no se limitan a adoptar tecnologías o plataformas digitales, sino que alinean la innovación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 y la Nueva Agenda Urbana de la ONU. Se trata de concebir el tejido urbano como un conjunto integrado de redes ecológicas, sociales, culturales y económicas, con una gobernanza que promueva la colaboración entre administraciones, empresas, entidades sociales y ciudadanía. Solo así pueden generarse sinergias que potencien un desarrollo verdaderamente transformador. 

Tecnología al servicio de la vida: ejemplos y estrategias clave 

En el corazón de esta visión se sitúa la eficiencia energética, que en las ciudades sabias “implica un enfoque sistémico: compacidad urbana, movilidad sostenible, arquitectura bioclimática y redes inteligentes. Pero también se debe considerar la gobernanza colaborativa y la planificación territorial, como promueve la Fundación, para adaptar soluciones a cada contexto urbano”, señala Vegara, destacando que la energía debe gestionarse de forma integral, adaptada a las particularidades de cada barrio y a las expectativas de sus vecinos. 

Además, “integrar renovables en el tejido urbano requiere planificación holística, que incorpore techos solares, geotermia y redes de distrito energético desde la fase de diseño urbano. La energía solar, por su adaptabilidad, es clave, pero también la eólica urbana y la biomasa local pueden jugar roles importantes según el entorno”, subraya el presidente de Metrópoli. Bajo este prisma, las urbes dejan de concebirse como meros consumidores de energía para convertirse en productores activos, diversificando sus fuentes y reduciendo la dependencia de los combustibles fósiles. 

En paralelo, “métodos alternativos como la construcción modular, el uso de materiales reciclables y tecnologías pasivas reducen la huella ecológica y aceleran los tiempos de ejecución. Estos sistemas permiten mayor flexibilidad urbana y están alineados con nuestra visión de ciudades resilientes, eficientes y adaptables”, afirma Vegara. La crisis del COVID-19 ha acelerado ciertas transformaciones, revelando el valor de la naturaleza y el bienestar.  

Durante los confinamientos, de hecho, emergió el llamado fenómeno del “nature deficit disorder”, señalando el impacto psicológico de la falta de contacto con espacios verdes. A raíz de ello, ha cobrado fuerza la ‘arquitectura vegana’, que prioriza materiales naturales como la madera —que absorbe CO₂, es reciclable y, según el Institut für Holztechnologie de Dresde, menos propensa a albergar bacterias que el plástico—, así como cuarzo, granito, gres porcellanato o cobre.  

La transición de ciudades inteligentes a sabias no está exenta de retos. “El gran desafío es pasar de un enfoque centrado en datos a uno centrado en las personas y el territorio. La oportunidad está en activar la inteligencia colectiva, integrar naturaleza, cultura y tecnología, y planificar a escala humana. Es el camino hacia ciudades que no solo funcionan bien, sino que también inspiran y cuidan”, concluye Vegara. Este llamado exige repensar la gobernanza, rediseñar la participación ciudadana y redefinir el objetivo último de la innovación urbana: mejorar la calidad de vida sin dejar a nadie atrás. 

El paso de la smart city a la ciudad sabia supone un cambio de mentalidad profundo. La tecnología, lejos de ser un fin, debe servir como palanca valiosa para alcanzar un modelo donde la sostenibilidad, la equidad y la identidad local coexistan en armonía. Solo así construiremos y habitaremos urbes no solo inteligentes, sino verdaderamente sabias, con memoria propia y capaces de afrontar los retos del siglo XXI poniendo a las personas y al planeta en el centro de cada decisión. 

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