Ciencia

Si queremos conquistar el espacio exterior, la primera parada tiene que ser la Luna

Si queremos conquistar el espacio exterior, la primera parada tiene que ser la Luna

Los proyectos más innovadores y atrevidos ponen la vista en nuestro satélite a la hora de plantear cómo podemos descubrir el resto del universo.

Nos lo preguntamos desde niños, cuando miramos al cielo nocturno y vemos las estrellas. ¿Qué hay más allá de la Tierra? ¿Llegaremos a descubrirlo algún día? A día de hoy todavía no tenemos respuestas —aunque seguimos haciéndonos esas mismas preguntas—, pero lo que sí hay es mentes capaces de mirar más allá de lo que hoy es posible e imaginar hasta dónde puede progresar la ciencia, la tecnología y el conocimiento humano para conquistar la carrera espacial.

Muchas de esas mentes forman ya parte del programa de la NASA Innovative Advanced Concepts o NIAC, dedicado a aglutinar a espíritus innovadores que contribuyan a que las misiones de la agencia espacial norteamericana puedan, en el futuro, romper con los límites que ahora mismo las constriñen.

Los proyectos que participan en esta iniciativa son eclécticos, radicales, incluso. Y es precisamente de lo que se trata. De pensar más allá de lo que hoy se puede hacer, de proponer conceptos creíbles que puedan ser técnicamente factibles en el futuro —esto no es ciencia ficción, aunque se le parezca— que puedan revolucionar la ingeniería aeroespacial y acercarnos aún más a esas respuestas que llevamos siglos buscando.

La Luna, primera parada

En los años 70, las fantasías sobre colonizar la Luna se dispararon después de que aterrizáramos en ella en 1969. Algunas de esas fantasías inspiraron estudios de profesionales serios, como Gerard K. O’Neill, físico de la Universidad de Princeton.

En 1974, O’Neill publicó sus tesis en la revista Phisics Today, explicando cómo el futuro de la humanidad pasaba por convertirnos en una especie que se asentara en diferentes colonias espaciales y aprovechara los recursos de la Luna y los asteroides, ricos en minerales.

O’Neill imaginaba un futuro en el que viviríamos en comunidades con un clima y unas condiciones controladas tan placenteras que mejorarían incluso las de la Tierra. Viajaríamos en vehículos autónomos e incluso podríamos esquiar.

Hoy podemos decir que O’Neill era un tipo optimista. No es menos cierto que sus cálculos estaban basados, según él, en hechos y en teorías demostradas y demostrables. Pero son tantas las variables que deben tenerse en cuenta a la hora de llevar un escenario así a la realidad que la visión de O’Neill, por soñadora que parezca, no deja de ser eso: una visión.

Charles Bolden
Charles Bolden

El NIAC ha recogido, en cierta manera, el testigo de O’Neill —no en vano la NASA colaboró con él en parte de su investigación— y aúna bajo su paraguas un buen puñado de proyectos que persiguen alcanzar una visión innovadora y rompedora de la carrera espacial, pero también factible, como decíamos. Charles Bolden, exadministrador de la NASA y patrono de la Fundación Innovación Bankinter, tiene clara la relevancia de la innovación en este ámbito: «su papel es clave a la hora de acelerar el desarrollo de sistemas que aumenten nuestra habilidad para ir más lejos y más rápido con un coste cada vez menor.»

Uno de los proyectos que ha entrado en su lanzadera es el LCRT, o lo que es lo mismo, un radiotelescopio ubicado en un cráter localizado en la cara oculta de la Luna. Las ventajas parecen atractivas:

  • Podría captar longitudes de onda mayores de 10m, que normalmente no podemos recibir desde telescopios terrestres debido a que la ionosfera las refleja. Esto nos permitiría descubrir nuevos objetos astronómicos que emitieran esas longitudes de onda y que ahora mismo no podemos percibir desde la Tierra.
  • Colocarlo en la cara oculta de la Luna le permite utilizarla como escudo frente a las interferencias o ruidos que pueden llegar desde dispositivos asentados en la Tierra, en la ionosfera u orbitando alrededor del planeta.

Con un diámetro de 1 kilómetro y aprovechando la orografía del cráter lunar, estaríamos ante el telescopio más potente jamás visto hasta ahora. Además, podríamos explorar el universo en unas longitudes de onda de entre 10 y 50m que, a día de hoy, siguen siendo absolutas desconocidas. ¿Quién sabe qué podríamos descubrir?

La carrera espacial en el presente

Más allá de los flamantes viajes de los millonarios al espacio, la carrera espacial del siglo XXI acaba de ponerse especialmente interesante. Y una vez más, tenemos que darle las gracias a la NASA. ¡Gracias, NASA!

Bueno. Como decíamos, estamos en un momento bastante emocionante si te gusta el mundo de la astronomía. El responsable no es otro que el telescopio James Webb, un observatorio espacial infrarrojo que orbitará alrededor del Sol y que viene a complementar la labor que —se dice pronto— desde 1990 lleva haciendo el Hubble.

¿Qué tiene de especial otro telescopio en órbita? Aunque la respuesta obvia pueda ser que nunca se tienen suficientes telescopios en órbita si nos dan tantas alegrías como el Hubble, lo cierto es que el Webb trae más de 30 años de avances en tecnología debajo del brazo y 100 veces la potencia de su hermano mayor.

Bolden nos explica que «el telescopio Webb tiene el potencial para empequeñecer los hallazgos en astronomía y astrofísica de los últimos treinta años que llevó a cabo el Hubble. Es un telescopio infrarrojo excepcionalmente sensible que tendrá la capacidad de detectar incluso la luz más tenue de hace hasta 100 millones de años, cuando las estrellas y las galaxias empezaron a formarse. Será el telescopio más grande y potente de la historia.»

Nos queda claro que el telescopio Webb es un prodigio de la innovación en la carrera espacial y la industria aeronáutica. Para poder pasar del concepto a la realidad, la NASA ha tenido que trabajar en el desarrollo de diferentes tecnologías que lo permitieran. Desde espejos criogénicos ligeros hasta detectores de infrarrojos, pasando por recubrimientos que bloqueen las radiaciones solares o sistemas de control térmico.

Y es que el Webb no es precisamente un pequeñín. Su espejo principal tiene un diámetro de 6,5 metros y está diseñado a base de hexágonos, de manera muy similar a una colmena. Este diseño facilita su transporte —previsto para este 2021—, ya que se lanzará plegado sobre sí mismo, como si de un origami japonés se tratara, para ser desplegado una vez esté en órbita.

Quizá el Webb no sea tan emocionante como construir un radiotelescopio en un cráter lunar. Bueno, quizá no, es seguro. Pero lo que sí es cierto es que va a abrir las puertas de lo desconocido a todo el colectivo de científicos que podrán utilizarlo —se trata de una colaboración internacional entre la NASA, la Agencia Espacial Europea y Canadá— y descubrir así qué secretos nos guarda aún el universo.

Bolden apunta a que «algunos de los descubrimientos más importantes podrían tener su origen en la habilidad del Webb para detectar la composición elemental de las atmósferas de planetas distantes en otras galaxias. Esto ayudará a los científicos a determinar si es posible que haya vida en alguno de ellos.»

¿Emocionante o no?

Expertos mencionados en esta entrada

Charles F. Bolden
Charles F. Bolden

Ex Administrador de la NASA, Fundador y Presidente Emérito de The Bolden Consulting Group LLC

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