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La educación no debería centrarse en el qué, sino en el cómo: el reto de las soft skills

La educación no debería centrarse en el qué, sino en el cómo: el reto de las soft skills

La educación se encuentra en un momento de evolución. Pasar de las capacidades cognitivas a las soft skills es un paso necesario para preparar a los profesionales del futuro.

Cuando hablamos de educación, hay varias acepciones que nos vienen a la mente. Una persona educada puede ser alguien con una formación curricular, que ha adquirido una serie de conocimientos. También puede ser alguien que se comporta de forma socialmente aceptable.

Pero si decimos persona educada, es posible que lo primero que imaginemos sea alguien con una determinada manera de ser, con unos rasgos y habilidades que van desde el pensamiento crítico hasta la capacidad para resolver problemas, pasando por habilidades sociales, como la perseverancia o el autocontrol. Poder, en definitiva, encajar y desenvolverse en varios contextos sociales y no sobresalir por ningún extremo.

Mientras que los primeros aspectos de esa persona educada estarían más relacionados con lo que conocemos con habilidades o capacidades cognitiva. Los segundos se engloban más en lo que conocemos como soft skills o habilidades blandas. Aunque en el pasado la formación se ha centrado más en las primeras, las segundas cada vez tienen más importancia, como hemos podido ver en la última reunión de nuestro think tank, Future Trends Forum sobre el futuro del trabajo.

No en vano, quizá la clave para ser una persona educada, en todo sus sentidos, es desarrollar y potenciar ambas vertientes. Veamos por qué.

Qué son las capacidades cognitivas

La capacidad cognitiva se define como una facultad mental general que implica el razonamiento, la resolución de problemas, la planificación, el pensamiento abstracto, la comprensión de ideas complejas y el aprendizaje de la experiencia.

La teoría de las capacidades cognitivas de Cattell-Horn-Carroll es la más completa y la que cuenta con más apoyo a la hora de estructurar las capacidades cognitivas.

Estas capacidades cognitivas (que se conocen también como las siete tipo de inteligencias: memoria, resolución de problemas, atención, razonamiento verbal y numérico, razonamiento abstracto, flexibilidad y potencial de aprendizaje) han sido en las que, tradicionalmente, se ha basado la enseñanza.

En estos modelos tradicionales, el peso estaba en materias como las matemáticas o la historia. Las conocidas como habilidades blandas o soft skills siempre se dejaban al margen. Y, sin embargo, tienen cada vez más relevancia. Aspectos como la influencia, la decisión, la capacidad de negociación, comunicación y colaboración pesan cada vez más en los entornos educativos y laborales.

De hecho, en los modelos de competencia de la industria desarrollados por el Departamento de Trabajo de EE. UU. podemos encontrar tanto estas habilidades fundamentales cognitivas como las no cognitivas. La combinación de estas dos áreas es lo que acaba determinando el reclutamiento, la selección, la promoción y la capacitación y el desarrollo de las personas en las empresas.

Más allá de las competencias clásicas

Durante mucho tiempo, la capacidad de las personas en determinadas habilidades cognitivas ha sido la principal responsable de los tipos de trabajo que se iban a desempeñar, así como las probabilidades de tener éxito en los mismos.

Hasta cierto punto, es lógico. A la hora de ser capaz de construir una nave espacial y que esta llegue al espacio, se necesitan destrezas y formaciones en aspectos matemáticos y físicos.

Sin embargo, cada vez somos más conscientes de que estas habilidades blandas o no cognitivas son también fundamentales para el éxito relacionado con el trabajo. No se trata tanto de medir cuánto se sabe de una determinada materia, sino cuáles son los valores y actitudes de las personas. Siguiendo con el ejemplo anterior, de nada servirá ser un genio de los números si no sabemos explicar nuestros conocimientos ni trabajar en equipo: seremos incapaces, por nosotros mismos, de construir esa nave espacial.

Por tanto, ambas capacidades son muy importantes y deberían desarrollarse a la par en todas las personas. Pero no solo en la más tierna infancia, sino a lo largo de toda nuestra vida. Analizando estas facultades es como podremos, todos y cada uno de nosotros, saber identificar cuáles son nuestras fortalezas, así como las áreas en las que debemos mejorar.

La educación se encuentra en un momento de evolución. Pasar de las capacidades cognitivas a las soft skills es un paso necesario para preparar a los profesionales del futuro.

La base de las ‘soft skills’ hará crecer las ‘hard’

Desde el punto de vista laboral, las capacidades cognitivas son las que harán de primer filtro para saber si nuestro currículum encaja en el puesto que la empresa pretende cubrir, pero las habilidades no cognitivas o blandas son las que acabarán determinando si somos el candidato adecuado o no.

Aunque ambas vertientes de la educación y de la formación son claves y necesarias, probablemente podremos asegurar, sin miedo a equivocarnos, que una buena base de las soft skills nos permitirá mejorar en las hard skills.

Para muestra, un botón: según el informe The Future of Jobs Report 2020, del Foro Económico Mundial, las principales habilidades que se van a demandar en los trabajos en los próximos cinco años están muy relacionadas con esas habilidades blandas: el pensamiento crítico y el análisis, la resolución de problemas y las destrezas en la autogestión, así como el aprendizaje activo, la resiliencia, la tolerancia al estrés y la flexibilidad.

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